
Hoy he visto con los alumnos de 3º de ESO la película Coach Carter. Seguramente la conocéis pero os hago un rápido resumen. Cuenta la historia de un instituto de un barrio marginal que tiene su equipo de baloncesto. En él desembarca un nuevo entrenador, un antiguo alumno del centro al que la vida ha sonreído. Es una excepción pues el futuro de los jóvenes del lugar es ser carne de cañón y gente con un futuro más o menos predeterminado: ser parias y ocupar los niveles más bajos de eso que algunos todavía distinguen como clases sociales. El nuevo coach, desde un principio, tiene muy claro su gran objetivo: contribuir a la educación de los chicos por medio del baloncesto. Utiliza el deporte como agente de trasmisión de hábitos y valores que sirvan a sus jugadores para ganar el partido más importante que jugamos: nuestras propias vidas. Les hace firmar un acuerdo, a modo de contrato pedagógico, por el cual los alumnos se comprometen, además de a jugar, a mantener una media académica que les permita acudir a la universidad o, como mínimo, graduarse en los estudios y obtener una capacitación mínima. Les inculca disciplina, esfuerzo y sacrificio no solamente en entrenamientos y partidos, también en el aula. Les enseña técnica y táctica, les hace crecer como jugadores con el propósito real de que mejoren como personas y tengan un futuro menos incierto.
Cuando los chicos no cumplen con lo pactado y son infieles a su compro- miso, decide no dejarles jugar hasta que cumplan lo firmado. Su mensaje, meridianamente claro, choca con la incomprensión del centro, de los pa- dres y de algunos de sus compañeros pero, sin embargo, recibe el respaldo de su equipo, logrando su primera gran victoria: que los chicos entiendan y comprendan que hay cosas mucho más importantes que ganar o perder un partido de cualquier deporte.
Después de la película he tenido la oportunidad de reflexionar con ellos en voz alta sobre la necesidad de prepa- rarse y capacitarse para que cada uno sea protagonista de su propia vida. Que no se la escriba nadie y sí ellos mismos. Tienen 15 y 16 años y dentro de muy poco podrán decidir cuestiones que serán trascendentes y que condicionarán su futuro. No será fácil encontrar un trabajo, y menos aún uno que les satisfaga y al que vayan con vocación de aportar. Les he dicho que lo más importante es ser buenas personas, buenos ciudadanos y socialmente activos, es decir, comprometidos en mejorar su entorno próximo y el de la gente que conviva con ellos.
Hemos hablado de cómo el deporte es una muy buena herramienta para aprender a luchar, a crecer, a avanzar; también de la importancia de la educación y de la cultura para que sean libres, dueños de sus destinos. Al igual que a los jugadores se les pide que controlen el ritmo de un partido, que controlen el transcurso del mismo, ellos deben hacer lo mismo con sus biografías, escribiéndolas y siendo protagonistas. Y cuando las cosas no salgan, o se enfrenten a derrotas inesperadas, poseerán las herramientas para levantarse y seguir adelante ya que no hay ni vencedores ni perdedores eternos. Deben aprender a sobrellevar los malos momentos.
En la película, el partido final lo pierde el equipo protagonista por una canasta. Esta vez el guionista tuvo que ceñirse a la realidad porque lo que se cuenta pasó en la realidad.
También se escapan oportunidades por pequeñas cosas o se alcanzan otras in extremis en nuestras azarosas existencias. El deporte es como la vida misma, y la actitud que elegimos ante ella es la que nos va a otorgar más o menos posibilidades. Éstas serán mayores si nos preparamos mejor. Eso es lo que nos dicen los minutos finales del film. Perdieron un partido pero ganaron un futuro en forma de becas para universidades y continuidad en sus estudios, haciéndole un dribling al destino, que parecía escrito.
Han escuchado atentamente o, por lo menos, me lo ha parecido.
Al final les he comentado que no me creo su profesor de ética ni de religión, que simplemente soy su profesor de Educación física y deportes, pero que creo en el deporte como agente educador. A mí y a mucha gente nos ha ayudado y ese es su mayor valor. Me veo con la obligación de decirles estas cosas que, por otra parte, habrán oído muchas veces.
Mandela consiguió, respecto al Rugby, unir a una nación y posibilitar que su país tuviera un objetivo común: ganar la Copa del Mundo. Se sirvió del deporte para servir a Suráfrica y, con ella, a toda la humanidad. Elevó la autoestima de los suyos y ahora, a través de la película Invictus, eleva la nuestra haciéndonos sentir orgullo de la raza humana. La misma que en tantas ocasiones nos sorprende con sucesos abominables y que no suscribiría alimaña alguna.
El Señor Carter, de forma más modesta pero con la misma eficacia, llevó a su equipo a ganar su mejor campeonato: ser buenas personas y buenos ciudadanos.
Nosotros no debemos renunciar a logros mayores por encima de los contenidos y temas de nuestra asignatura. Disponemos de una gran herramienta, que en tiempos de incertidumbre, inestabilidad y desesperanza debemos utilizar.
Y de Mandela, el rugby y el factor humano, ya hablaremos. Lo tocamos en una ocasión y le dedicamos un post en este mismo blog, pero la dimensión del hecho sucedido se ha multiplicado exponencialmente gracias a Invictus. Merecerá de nuevo nuestra atención. Sólo un apunte: el dinero de mi entrada y de todos los que vayan a ver la película no podría haber sido de ninguna forma mejor utilizado. Hemos financiado una estupenda lección de humanidad.
No es posible creer que todas estas consecuencias fueran previstas por el legislador. Pero el transcurso del tiempo iba demostrando que lo que parecía ser un magnífico instrumento para poner a España en hora y preparar a las generaciones futuras se iba convirtiendo en la mayor lacra y en el arma suicida de nuestra educación. No se puede negar la evidencia del fracaso como no se puede negar el holocausto. Sólo un radicalismo ideológico, sectario y de tintes extremista puede defender que los resultados obtenidos con la LOGSE sean mínimamente aceptable s y beneficiosos para nuestra sociedad. Desgraciadamente, esto es así, aunque el verdadero deseo sería poder contar aquí lo contrario.
Los beneficios obtenidos por la Educación Física como Área de conocimiento a lo largo de estos años podría dulcificar y hacer más benévolo el análisis de los que profesionalmente nos dedicamos a impartir la asignatura. Pero estamos hablando de EDUCACIÓN con mayúsculas y no solamente de una parte de los contenidos que abarca.
Ciertamente, la educación física ha conseguido mayor presencia en los diferentes ciclos, en los currículos, una igualdad verdadera con las otras asignaturas. Pero sería un error atribuírselos a la LOGSE y es más justo dar ese mérito a los profesionales que durante muchos años lucharon por el reconocimiento de la misma. Es más, siendo exigentes, las leyes educativas de la democracia debería haber sido más generosas con la Educación Física, y hubiéramos paliado, en parte, el abuso del sedentarismo, la creciente obesidad, una mayor ocupación del tiempo libre con actividades físicas, una mejor educación deportiva y una óptima cultura física de los ciudadanos. Pero esto nos ocupará otro día.
Ahora nos preocupa y ocupa que el actual ministro sea capaz de poner los mínimos para llegar a un pacto lejos de ideas políticas y posiciones sectarias trasnochadas por parte de las fuerzas mayoritarias, se construya una alternativa educativa válida que asegure la formación de nuestros hijos, alumnos y jóvenes ciudadanos, con vocación de otorgar igualdad de oportunidades y posibilitar un futuro mejor. Un modelo educativo donde el esfuerzo, el compromiso, la disciplina recuperen su lugar, sin menoscabo de las ayudas, de la atención a las diferencias y de los derechos de los alumnos.
Tampoco hay que caer ahora en el error de que todo ha sido malo. En ambos bandos, a favor y detractores de la LOGSE haya dogmáticos dispuestos a morir para demostrar que lo suyo es lo mejor. Los veinte y más años de aplicación han dejado numerosas enseñanzas que deben ser recogidas, analizadas y utilizadas en beneficio de nuevos presupuestos educativos. No debe caer en saco roto lo aprendido.
Partiendo del primer artículo de la ley, deben ser puestos en valor tanto las capacidades a desarrollar como los conocimientos a adquirir, pasando por la adquisición de hábitos positivos y de valores que mejoren nuestra sociedad. No hay jerarquía en el orden en que los escribo. Para mí son igual de importantes: Saber, saber hacer, saber ser son objetivos irrenunciables de cualquier sistema educativo. No enfrentemos conocimientos con capacidades y valores con hábitos. Demos importancia a todos para garantizar a los alumnos mayor cultura, mejores habilidades, buenos hábitos y excelencia en valores. Nos jugamos el futuro y como ya he dicho alguna vez, el futuro es hoy… y vamos tarde.

Me siento obligado a seguir hablando de educación y lo hago por varios motivos: como padre, preocupado por la formación de mis hijos y su devenir en un futuro incierto; como profesor, por serlo y por creer en la importancia de nuestra labor en el desarrollo equilibrado, íntegro y armónico de nuestros niños y jóvenes y, por lo tanto, de nuestra sociedad; como ciudadano, por entender que todos, sea desde las familias, desde nuestros puestos profesionales o en cualquier otro ámbito contribuimos como una tribu entera a educar.
Parece que por fin nuestros políticos, es decir, nuestros representantes van a ejercer su obligación y se van a ocupar de la Educación. Parece, también, que a pesar de la sabidas, lógicas y, en muchas ocasiones insalvables diferencias ideológicas, van buscar y encontrar puntos de acuerdo con el propósito de reformar con ciertos visos de continuidad y cierta estabilidad nuestro sistema educativo.
Se atisba un pacto, lejano, difícil, con más obstáculos ocultos que visibles pero, en definitiva, la posibilidad de un acuerdo que ponga las bases de lo que debería ser el primer pilar donde sostener nuestro futuro.
Algo ha cambiado. Lo primero, la constatación de que las cosas todavía pueden ir a peor si, empeñados en posturas radicales, seguimos aplicando una LOGSE camuflada, con todos los defectos de la original y como respuesta a la última reforma propuesta por el partido popular que ni tan siquiera llegó a ver la luz en forma de aplicación práctica. Una ley que desde que se implantó comenzó a vislumbrar serios defectos estructurales y funcionales que se han convertido en verdaderos y graves problemas en la actualidad, muchos de ellos conocidos e incluso pronosticados desde el principio; y otros que han ido creciendo clandestinamente pero carcomiendo implacablemente todo el sistema.
No voy a ser fariseo y debo decir que muchas cosas de la LOGSE me parecieron buenas, innovadoras y que pretendían de buena fe aportar soluciones a deficiencias educativas endémicas y adaptarse a nuestro nuevo marco de convivencia dentro de una Europa en construcción y progreso. Pero el tiempo nos ha revelado que tras el diseño intelectual de la ley se ocultaban, además de algunas muy buenas intenciones, postulados radicales, que la posterior aplicación práctica de la ley los ha llevado todavía más allá de lo que se pretendía.
Se ha penalizado el esfuerzo y la disciplina. Se ha desvalorizado el conocimiento para reivindicar la praxis. Se ha confundido la igualdad de oportunidades con el derecho a que todo el mundo titule, y no en función de unos de un saber demostrado sino de la edad cumplida, con promociones automáticas que han devaluado los niveles educativos hasta cifras muy alejadas de los países de nuestro entorno. Se ha acrecentado la diferencia entre educación pública y privada o semiprivada (conciertos). Se han querido arreglar problemas laborales y sociales convirtiendo los centros escolares en verdaderos centros de recogida, cuando no en guarderías de niños y jóvenes, cuya prioridad no es el estudio, el aprendizaje o la capacitación, sino el vivir a corto plazo, tener la última tecnología y confundir deseos con derechos. Se ha convertido al colegio, al instituto y la escuela en centros asistenciales y protectores, asumiendo funciones propias de la familia, robando un protagonismo no deseado, y convirtiendo al Estado en el papá que todo lo va a resolver. Se ha minusvalorado el papel del profesor en el proceso de enseñanza-aprendizaje, reducido a un agente más, como el entorno, el libro de texto o las flamantes TICs.
Podría seguir escribiendo algunas más. Lo dejo a vuestro albedrío.
Imagen: Wikipedia
Nos hemos dormido en los laureles, y la autocomplacencia, muy peligrosa cuando afecta a los que tienen que dirigir un país, nos ha jugado una mala pasada. Los treinta años de bonanza, de subvenciones europeas, de mejora en la calidad de vida, de bienestar social deberían haber servido, además, para que nuestro sistema educativo hubiera previsto los déficit existentes y haber contribuido a reducir y mitigar los efectos negativos que también tiene cualquier evolución. Por ejemplo, haber paliado de manera efectiva la pérdida de la familia como primer ámbito educativo debido a la incorporación de padres y madres simultáneamente al mercado de trabajo; igualmente, haber previsto o haberse adaptado de forma efectiva a la evolución social de nuestros niños, adolescentes y jóvenes, anticipándose a los cambios de costumbres, hábitos y comportamientos sociales y no ir por detrás de los mismos. También intervenir de manera directa, inequívoca y sin complejos en todo aquello que es o pueda ser nocivo para la formación de nuestros chicos y chicas. Me refiero a programas de televisión, webs o medios de comunicación que vulneren las leyes actuales de protección de los menores y aquellas que habría que redactar sobre protección de los adolescentes y de la juventud.
El gobierno debe liderar una pedagogía colectiva y, a manera de lo que hace contra los que fuman, contra los que corren por la carretera, o los que se bajan canciones de internet, debería actuar con tolerancia cero contra todo lo que contamina y deshace la labor educativa que puedan hacer los padres y profesores responsables. Es muy difícil educar a un niño, pero mucho más cuando hay tantos elementos incontrolados que favorecen la deseducación de nuestros hijos y alumnos.
Más allá, el sistema educativo tiene que garantizar eso que dice la Constitución del derecho a recibir una educación que permita una igualdad de oportunidades a todos los ciudadanos independientemente de raza, sexo, condición social, etcétera. Lo que hacemos ahora es maquillar este derecho facilitando a los alumnos pasar de curso y acceder a un título bajando cada vez los mínimos con el fin de disimular el fracaso escolar, el abandono, o la falta de salidas para muchos de los que están en el sistema y se aburren, están desmotivados, o simplemente ejercen su derecho reconocido implícitamente a objetar de estudiar.
Ahora que necesitamos cambiar «el modelo productivo», «una economía sostenible», «un sociedad sana, cívica y equilibrada», y sobre todo, «arrimar el hombro», nos damos cuenta de que no hemos preparado a la generación que tiene que afrontar estos desafíos adecuadamente. Esto sí que es una grave crisis para nuestro país.
Todos conocemos un reciente caso: un incendio subterráneo que ha estado incendiando y destruyendo el subsuelo de Las Tablas de Daimiel, que sólo ha podido ser sofocado de manera provisional con una actuación urgente y coordinada de varias administraciones: un trasvase extraordinario de la cabecera del Tajo y un aliado inesperado en forma de grandes lluvias sobre el terreno que han filtrado hacia las entrañas del parque nacional e incluso han repuesto las agotadas reservas del acuífero.
En el tema que nos ocupa debemos obrar con la misma diligencia y rapidez, para implementar soluciones viables a corto medio y largo plazo y, además, esperar que surja el factor inesperado que favorezca su aplicación. Este último tiene que venir en forma de circunstancias que posibiliten la recuperación de la economía, una concienciación social significativa y una voluntad política a prueba de hierro de hacer la educación el tema prioritario y número uno de las preocupaciones de nuestros gobernantes.
No será fácil, pues hemos perdido mucho tiempo y, lo que es peor, hemos dejado que se fijen en nuestros adolescentes verdaderos anclajes en forma de hábitos e ideas difíciles de cambiar. Modificar comportamientos e improntas no es cosa de uno o dos días y, por el contrario, requiere tiempo y paciencia. Pasar de vivir muy bien a vivir menos bien no será fácil de aceptar, y cuanto antes nos pongamos a trabajar, mejor será.
El Gobierno, la oposición, los agentes sociales tienen la palabra. Deben liderar el cambio y coger de una vez el toro por los cuernos. Dejar de tirarse los trastos y los intereses particulares, partidistas y muchas veces espurios a la nación, y buscar el interés general de eso que unos llamamos España, otros Estado Español y algunos Nación Española. Cualquiera de los tres merece la pena.
En el deporte, cuando juega cualquiera de nuestras selecciones, nos identificamos con ello sin saber muy bien porqué. En algo tan trascendente para nuestro país deberíamos hacer lo mismo. Nos jugamos nuestro futuro y el futuro es hoy.
Por el contario, tenemos unos alumnos que pasan de la infancia, cada vez más reducida, a la adolescencia y permanecen en ella durante mucho tiempo. Leía en un periódico de tirada nacional, en una de sus columnas de opinión, concretamente elmundo.es, que nuestros chicos y chicas ahora nacen, se hacen niños, pasan a la adolescencia, y después a la adolescencia, y más tarde a la adolescencia en una continuada inestabilidad con las características propias de esta etapa evolutiva, con la peculiaridad de que con treinta y tantos años siguen siendo adolescentes y, lo que es peor, comportándose como tales. Puede ser una exageración pero igualmente podemos encontrar datos que confirmen, en parte, dicha aseveración.
Nos escandalizamos por los comportamientos, la forma de hablar, las actitudes, la agresividad de nuestros jóvenes. No entendemos su falta de escrúpulos, su indolencia o su pasotismo ante temas que a nosotros, adultos hoy, nos transmitieron como importantes y trascendentes. No comprendemos su falta de voluntad y de motivación hacia lo que nosotros consideramos importante, sus pocas ganas de formarse y capacitarse para el futuro y, sin embargo, su afición a lo inmediato, a lo material, a lo fácil, a todo aquello que representa placer, ausencia de esfuerzo, de disciplina o de sacrificio.
Las generaciones actuales tienen acceso a más y mejor información que las anteriores y, sin embargo, tienen deficiencias culturales muy significativas. Manejan las nuevas tecnologías mejor que sus padres y profesores, pero la mayoría del tiempo las utilizan para jugar, comunicarse con sus semejantes a través de las llamadas redes sociales o para buscar en internet todo lo que para nosotros otrora era tabú e inaccesible.
Nuestros padres y profesores nos transmitieron la importancia del trabajo, del esfuerzo y el valor de las cosas. Ahorraban y se sacrificaban porque estuvieron escasos de todo. Quisieron que nos formásemos porque muchos de ellos no pudieron hacerlo, y querían para sus hijos algo mejor que lo que ellos fueron y tuvieron. Incluso cuando les fue mejor seguían con esa mentalidad de sacrificio, de quitarse cosas para que sus hijos estudiasen y fuesen mejores. Eran referentes para nosotros en una sociedad uniforme y poco plural, pero con valores muy consolidados y que se han mostrado muy positivos e importantes. Valores que eran obvios y que todo el mundo los daba por naturales y que, ahora nos damos cuenta, eran fruto de su continua vigilancia y persistencia para educarnos adecuadamente.
Por el contrario, nosotros estamos siendo incapaces de mostrar a nuestros hijos y alumnos lo mejor de lo que nos legaron. No estamos siendo referentes para nuestros hijos y educandos y hemos dejado ese protagonismo a personajes televisivos y de otros ámbitos de muy diversa índole que, como mínimo, presentan deficiencias educativas, éticas y morales. Hemos dejado el liderazgo de nuestros chicos y chicas en manos del ciberespacio, lleno de contenidos y habitantes que les hacen permanecer en esa adolescencia permanente de la que hablábamos antes, que no les deja madurar, y en un mundo, el suyo, que entra en permanente conflicto con el nuestro y nuestras convicciones más profundas.
¿Y qué hacemos para remediar esto? Desde la familia, desde el sistema educativo, desde las administraciones, desde la sociedad… Tolerar, aguantar, asumir que tiene que ser así en un falso pseudo progresismo para no ser llamados reaccionarios o conservadores. Por eso admitimos, cuando no somos cómplices, que se haga un programa con niños a manera de Gran Hermano infantil. Series que refuerzan la forma de ser de nuestros chicos y chicas en contra de todo lo que podamos decirles en casa o en el colegio. Películas, anuncios, sitios en internet, que niegan lo divino y lo humano, con el agravante de la debilidad emocional y lo vulnerable que son en estas edades, a pesar de la madurez que ellos creen poseer.
El Gobierno, la oposición y el resto de políticos no deberían esperar más. Estamos ante una urgencia nacional, agravada por el momento crítico que afecta no sólo a la calidad humana y cívica de los ciudadanos futuros, también afecta y afectará de forma más grave a sus bolsillos. Por primera vez en años, nuestros hijos pueden vivir peor que sus padres, en un país colectivamente más pobre, en lo económico y en lo cultural, lo que puede deteriorar la paz social tan brillantemente conseguida y perseguida en años.