

Muchas gracias a todos los que han seguido el post y han podido leer el artículo a lo largo de esta semana pasada.
Las cosas pintan mal, pero no podemos dejar que esto nos desanime. La fuerza de la corriente todavía no es lo suficientemente fuerte para que no hagamos un esfuerzo por intentar llegar a la orilla de ese río de bollos, hamburguesas y patatas fritas.
En muy pocas de las investigaciones (la del primer artículo de referencia, por ejemplo) se dan soluciones a los problemas. Yo, como padre, cuando leo este artículo pienso: «Sí, es cierto, tenemos un problema, los datos así lo indican, pero ¿cuál es la solución? ¿Qué es lo que puedo hacer para que esto cambie? Todo el mundo opina que ESTO TIENE QUE CAMBIAR.
Otros artículos nos indican que, a nivel macroeconómico, a la larga (y no tan a la larga) esta situación va a suponer un gran gasto en sanidad (segundo artículo de referencia en el post de la semana pasada). A mí, como padre, la macroeconomía no me importa demasiado, la verdad. Lo que quiero saber con respecto a este tema es QUÉ tengo que hacer para que mi hija no enferme, esté dentro de unos parámetros normales de salud y sea feliz.
Evidentemente, está en nuestras manos, las de los padres, que esto empiece a cambiar y desde luego no puede ser de una forma radical, sino progresiva, con pequeños cambios que no hagan sufrir demasiado a nuestros hijos e hijas pero que a la larga sirvan para que los hábitos de toda la familia sean mucho más saludables.
Los ámbitos que están más a nuestra mano para que esto suceda son dos: el de la alimentación y el de la actividad física.
¿Tanto nos cuesta ponerle al niño en la mochila una fruta, un yogur (a poder ser desnatado) o un bocadillo de chorizo (de los de TODA LA VIDA), en lugar de una pieza de bollería refinada (que todas las asociaciones relacionada con la nutrición indican que es lo más desaconsejado para la alimentación diaria)?
¿Tan difícil es que los niños hagan 5 comidas al día en las que no haya patatas fritas o similares?
Sí, efectivamente lo que no se les debe dar a diario a los niños (bollo, patatas) es lo que más les gusta. Como he dicho más arriba debe ser un cambio progresivo, no puede ser de un día para otro, pero si empezamos con una o dos piezas de fruta a la semana, conseguiremos que poco a poco la ingesta de esos productos de alto contenido en azúcares, grasas y calorías acaben siendo puntuales. Porque lo que debe quedar claro es que NO PASA NADA por comerse un día un bollo o una bolsa de lo que sea, que el peligro viene cuando las excepciones se convierten en hábitos.
El segundo ámbito del que hemos hablado: la actividad física. Evidentemente, también debe ser un cambio gradual. Si el niño no hace nada, no podemos pasar a hacer actividad física intensa 6 días por semana.
¿Por donde pueden venir esos pequeños cambios? Se me ocurre que si vamos todos a por el periódico seguro que podemos encontrar algún kiosco que esté un poco más lejos y así empezamos a pasear con algún objetivo determinado. Que alguna de las actividades extraescolares que puedan realizar se refieran a la actividad física (un poquito más intensa).
Y que en nuestras vacaciones, cuando más tiempo pasamos con nuestros hijos, la propuesta sea en la playa o en la montaña, procure que todos nos movamos un poco más.
Lo que decía, pequeños cambios, que suponen un esfuerzo por parte de todos pero que a la larga harán que nuestros hijos e hijas puedan salir del “río de bollos y patatas fritas” para meterse en el “lago de la salud”.
Autor: Aitor Acha Domeño.
Profesor de Educación Física de la E. U. Cardenal Cisneros.
Imagen: Flickr (malias)
Noticias de referencia (Todas recogidas en el diario digital El País, durante el mes de octubre de 2010):
"Jóvenes sobradamente sedentarios" -pincha aquí
"Pandemia de obesidad" -pincha aquí