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Blog de Elia Barcelo
10 noviembre 2010
Final

Queridas amigas, queridos amigos,

Como decía una canción de hace mucho tiempo “todo tiene su fin”, y parece que es verdad. Los responsables de “Sehacesaber” han decidido replantearse la existencia de la página, sus contenidos y su proyección y, de momento, va a dejar de ser actualizada, lo que significa para nosotros que tenemos que despedirnos por un tiempo indefinido.

Cuando me propusieron llevar este blog me pareció una cosa tan rara y un desafío tan frecuente (una periodicidad tan alta) que me comprometí sólo para tres meses, por si veía que me angustiaba mucho y no lo podía llevar. Al final han sido dos años y medio y no me he arrepentido en ningún momento. Lo he pasado muy bien con vosotros; vuestros comentarios, vuestras “voces”, el saber que estábais ahí me han estimulado a buscar temas que pudieran dar pie al diálogo, y he disfrutado mucho de vuestra presencia virtual, ¿fantasmal?

Me dieron la noticia del cierre de la página el 1 de noviembre, precisamente el día de los muertos, de la muerte y, por supuesto, de los fantasmas. El día en que se tocan los mundos y todo es posible. ¡Excelente día para comunicar la muerte de un blog! Pero decidí esperar una semana para contároslo y así, poder, de paso, desearos una feliz Navidad, un maravilloso año 2011, y una vida estupenda.

Quizá en algún momento me anime a montar un blog propio, sin el marco en el que hasta ahora me encontraba tan a gusto. Si llega a suceder, me encantará daros la bienvenida en él y haré todo lo posible para que, cuando lo encontréis, os sintáis en casa.

¡Un gran abrazo, queridos y queridas! ¡Gracias por haber estado ahí! ¡Hasta siempre!

Imagen: Flickr (chippawwa_photos)

 

Posteado por Elia Barceló

22 octubre 2010
Genialidades informáticas

Hojeando una revista en un avión me encontré hace poco con una sección sobre nuevo sofware del tipo que, según la revista, resulta realmente útil, de esas cosas que uno llevaba toda la vida esperando, vamos, y que por fin, ¡por fin! los informáticos han hecho posibles.

¿Recordáis aquello de que una mujer sin hombre es como un pez sin bicicleta?
Yo me acuerdo de la gracia que me hizo la imagen que apareció en mi mente la primera vez que oí la frase. Pues eso es lo que pensé al imaginarme a mí misma sin estas nuevas aplicaciones. Os cuento el grandioso invento que más disparatado me pareció:
Se trata de un programa llamado “Runpee” que permite lo siguiente, ¡oh, maravilla!
Has decidido ir al cine, has comprado la entrada y la bandeja con los nachos, las salsas y el litro del refresco de tu elección (cosa que parece fundamental hoy en día a la mayor parte de espectadores). Te acomodas en la butaca, repartes por la zona todo lo que llevas, para tener las manos libres, y entonces, sacas tu supermóvil (no voy a decir la marca para que no parezca que hago propaganda) ya cargado con el programa en cuestión, tecleas el título de la película que vas a ver y lo pones en modo vibración. Guardas el aparato muy junto a tu corazón, como decían los boleros, y a lo largo de la película el móvil va vibrando en los momentos en que puedes permitirte salir al lavabo sin perderte nada crucial de la película.
Genial, ¿no?

El programa sabe –mucho mejor que tú, ¡qué duda cabe! – si en los próximos tres minutos va a suceder algo en la película que no deberías perderte o si se trata de tres estúpidos minutos en los que no pasa realmente nada y que el director ha puesto ahí porque no quería malgastar ese metraje que, total, ya estaba hecho. Digamos tres minutos de puro diálogo, sin explosiones ni asesinatos, o tres minutos de cruce de miradas en los que no pasa absolutamente nada, o una serie de primeros planos que no va a ningún sitio, o una panorámica del lugar donde después sí que sucederá algo realmente emocionante.

A mí, claro, como constructora y contadora de historias, me parece de una arrogancia suprema que alguien a quien no conozco y de cuyo criterio no tengo por qué fiarme me diga cuándo puedo dejar de ver qué. Ya sé que lo hacen por el bien de mi vejiga, para que no tenga que aguantar durante dos horas sufriendo (por haberme bebido un litro de lo que sea), pero es que yo –ya lo sabéis– soy bastante alérgica a las cosas que se hacen “por mi propio bien” sin haberme consultado.

Menos mal que, en este caso, soy libre de comprarme el programa o no y está claro que no voy a hacerlo, pero me preocupa que a alguien se le haya ocurrido la peregrina idea, que muchos más alguienes hayan pensado que era una idea que valía la pena poner en práctica y que muchísimos más vayan a comprar y usar ese programa, aunque sólo sea para impresionar a sus amigos en la próxima sesión de cine. También me fastidia, claro está, que si se generaliza el uso de esa estupidez, estar en el cine va a convertirse en algo como estar en un aeropuerto, con gente entrando y saliendo todo el rato y además, todos a la vez porque todos recibirán al mismo tiempo el aviso de que no se van a perder nada de importancia en los próximos minutos. Con lo cual los que nos quedamos, porque en nuestra ignorancia no sabemos que ahora no va a valer la pena seguir mirando, tendremos la molestia de los que salen, y además la sensación de estar haciendo el indio.

Ahora ya sólo me queda esperar que pronto algún cerebro privilegiado invente un programa similar que avise a los estudiantes de cuando el profesor va a decir tonterías en los próximos minutos y les permita salir al baño sin perderse nada. Si eso lo consiguen también para discursos, reuniones de departamento (o de padres), debates políticos y cosas similares, entonces sí que me lo compro.

 

Imagen: occhichiusi en flickr

Posteado por Elia Barceló

15 octubre 2010
Para el futuro

Imagen: www.lifenaut.com

¿Habéis pensado alguna vez que os gustaría haber conocido a vuestra bisabuela o a alguno de vuestros antepasados?

A mí, a veces, me da mucha lástima pensar que soy el producto de un montón de hombres y mujeres que vivieron antes que yo y de los que no sé prácticamente nada, que más atrás de mis bisabuelos –a los que seguramente tampoco reconocería si los viera por la calle– no tengo más que un par de nombres y algunas anécdotas sueltas que me han llegado a través de mis padres y abuelos. Y estas anécdotas y detalles, además, sólo recogen tonterías curiosas, graciosas, en lugar de condensar la experiencia o la sabiduría de una vida que ahora quizá podría serme útil.

Porque yo soy de esas personas que agradecen la experiencia de otros y en muchas circunstancias aprenden en cabeza ajena, sin tener que romperme la propia.
Además, por pura curiosidad, me encantaría poder charlar con mis antepasados y enterarme de cómo pensaban, de cómo vivían, qué les gustaba, qué ilusiones tenían, cómo se vestían… todo lo que pudiera acercarme a su época, a su mundo. Pero en mi familia no ha habido escritores de diarios, apenas si se conservan algunas cartas, bastante convencionales –de las que empiezan con « Queridos hermanos y sobrinos, espero que a la presente estéis bien de salud ; nosotros bien, gracias a Dios » – y que aportan muy poco a mi comprensión del mundo de hace setenta u ochenta años. Pero, claro, a nadie se le ocurría sentarse a poner por escrito para la posteridad cosas como “¿quién soy?, ¿cuáles son mis ideas políticas, mis convicciones religiosas, mi posición básica frente al mundo ?; ni siquiera ¿cuál es mi color favorito ?, ¿adónde me gustaría viajar ? ¿cuál sería el mejor regalo que podrían hacerme?

De hecho, ese tipo de preguntas son precisamente las que uno nunca se responde a sí mismo con todas las letras. A veces, en los primeros tiempos del enamoramiento, se plantean y se contestan esas cuestiones, cuando los dos quieren saberlo todo del otro, pero rara vez se ponen por escrito, a menos que la relación sea, sobre todo, epistolar.

Y, pensándolo, se da uno cuenta de que sería muy bonito tener una especie de memoria de uno mismo, con sus ideas, sus sueños, sus convicciones, la evolución de su pensamiento y de sus sentimientos, sus gustos, sus manías, su modo de ser y estar en el mundo; en principio, para uno mismo, y luego quizá como testimonio para sus sucesores.

Todo esto viene a que he descubierto un sitio en Internet –aunque aún no he tenido tiempo de estudiarlo de verdad para ver si la cosa es seria– en el que ofrecen un espacio personal y privado para hacer una especie de “back-up” de ti mismo, una memoria para el futuro, un registro digital propio que almacena todos los datos que uno le quiera suministrar, crea un avatar a base de fotos de uno mismo, graba tu voz y permite, de momento, que las personas autorizadas por ti puedan acceder a tus ideas, recuerdos, explicaciones, chistes, etc. narrados por “ti” (por tu avatar, que mueve los ojos y los labios en la pantalla) en tu propia voz.

También sugieren que, en un futuro, podría darse la posibilidad de “transferir” todos esos datos a un nuevo cuerpo y, si hay sufiente información, uno podría, digamos “renacer” en ese otro cuerpo (clonado del original, ya que se puede guardar también una muestra de ADN propio) con toda la “mente” que antes ha ido guardando. Pero eso es, de momento, pura especulación, claro.

Lo que sí puedes hacer hoy en día es ir almacenando datos sobre ti mismo que en algún momento puedes hacer accesibles a tu pareja o parejas, a tus mejores amigos, a tus hijos, a tus sucesores, para que te conozcan más “íntimamente”, aún en vida o bien después de tu muerte.

A mí la idea, así en crudo, me parece fantástica. Lo que me preocupa es, como casi siempre, el asunto de la seguridad, porque no me hace ninguna gracia la idea de que todos mis datos, ideas, pensamientos, etc. estén recogidos en un lugar al que, eventuamente, puede tener acceso una persona no autorizada; y poniéndonos a inventar historias, todavía me gusta menos la idea de que se usen todos esos datos para “crear” otro “yo”, sin permiso mío. Pero esa es mi mente de ciencia-ficción…

De todas formas, aún no he investigado el sitio; espero poder hacerlo en cuanto tenga un rato.
Si alguno de vosotros tenéis interés podéis echarle una mirada en www.lifenaut.com, a ver qué os parece, y nos decís algo a los demás.

 

Posteado por Elia Barceló

5 octubre 2010
Sentirse culpable

El otro día, esperando en la consulta de un médico, leí algunas páginas de un libro muy interesante que era algo como un diccionario de errores frecuentes relacionados con la salud y el deporte.
Uno que me llamó la atención hablaba de la locura que nos ha dado –en la zona del mundo occidental, rica y blanca, se entiende– de matarnos a hacer de todo para estar sanos, delgados, jóvenes y activos, desde la infancia hasta la ancianidad.
Pensándolo mientras volvía a casa se me ocurrió algo que me parece muy gracioso:
Antiguamente –bueno, no tanto, porque yo aún lo he vivido y lo recuerdo– existía un sistema de control social basado, digamos, en lo “espiritual”. Se controlaban cosas como: ¿Has ido a la misa del domingo?, ¿has cometido algún pecado que debas confesar?, ¿has hecho algo inmoral?, ¿has tenido pensamientos eróticos?, ¿te has dejado tocar por tu novio?, ¿has desobedecido a tus padres? Y también cosas como: ¿amas a tu Patria?, ¿serías capaz de morir luchando? O bien ¿morirías por la Revolución? (o por el partido clandestino al que estuvieras afiliado). ¿Has desobedecido las consignas? ¿Has ido a la huelga que ha convocado tu sindicato?
Uno se pasaba la vida con la misma pregunta dándole vueltas por la cabeza, cambiando sólo los términos: ¿Eres buen cristiano, buen espanyol, buen hijo, buen amigo? O ¿eres buen comunista, buen socialista, buen compañero? ¿Has hecho lo que se espera de ti?
Sabías qué era lo que tenías que hacer y procurabas hacerlo (o no), pero siempre había un fondo de culpabilidad, porque no es posible ser siempre perfecto y cumplir con todo, especialmente cuando se trata de altos ideales y grandes palabras de las que se escriben con mayúscula.

Ahora el sentimiento de culpa viene de cuestiones totalmente distintas. A nadie le preocupa si uno va a misa o no –la libertad religiosa es un derecho fundamental-; nadie controla si uno hace o no lo que ha decidido su partido político; a nadie se le ocurre preguntar –ni mucho menos escandalizarse– por las prácticas sexuales de los demás; y la mayor parte de la gente piensa que las relaciones familiares y cómo trate cada uno a su padre y a su madre son asunto privado.
Ah! Pero si uno fuma, o empieza a engordar, o si resulta que le encantan las comidas con mucha grasa o con mucho azúcar, o si no hace deporte con regularidad... ahí sí que tenemos un problema. A casi todo el mundo le parece que hay que ayudar a la oveja descarriada y machacarle las nuevas consignas para hacer que se sienta culpable y vuelva a comportarse bien.
Ahora, la “culpa” viene de cosas como: “otro día que me he saltado el gimnasio”, “¡qué horror! Me he comido un platazo de paella; lo menos mil calorías”, “mañana tendré que madrugar un poco y salir a correr”, “me he pasado el domingo tirado en el sofá viendo la tele, ¡qué vergüenza!”, “me había puesto tres cigarrillos de tope y me he fumado cinco”, “había decidido bajar tres kilos y me acabo de tomar una cerveza”.
Antes había gente que, agotada después de un largo día de trabajo, se sentía fatal cuando se iba a la cama sin haber rezado sus oraciones y ahora hay gente que se siente culpable porque no se ha hecho el peeling facial y no se ha puesto la crema antiarrugas.

¿Es que los humanos no podemos vivir sin sentido de culpa? ¿Cómo es posible que después de un par de miles de años de civilización sigamos necesitando que alguien, en nombre de una de las grandes palabras, nos obligue a hacer cosas “por nuestro bien”? Si antes nos obligaban “por Dios, por la Patria y el Rey” ahora es “por la Salud, la Belleza y la Longevidad” o algo similar.

Yo, la verdad, me he pasado la vida intentando que nadie me obligue a nada y estoy muy contenta de que tantas cosas que antes eran obligatorias sean ahora decisión personal. Pero si la sociedad se empeña en que me sienta culpable de algo, prefiero sentirme culpable por no haberme comportado bien con otra persona que sentirme culpable por no haber hecho mis cien abdominales o por haberme tomado un trozo de tarta. Al fin y al cabo, antes o después, nos vamos a morir igual. Aunque, eso sí, habrá algunos que se morirán guapísimos, delgadísimos, musculosísimos y con una piel perfecta.

 

Imagen: j.lee43 en flickr

Posteado por Elia Barceló

22 septiembre 2010
Abrazos gratis

Me contaron hace poco que en Londres alguien salió a la calle con un cartel que ofrecía « Free Hugs » (abrazos gratis) y, después de la primera desconfianza, empezaron a acercarse cada vez más personas para recibir un abrazo.

Me pareció –y me sigue pareciendo- una idea estupenda porque sé que a veces un abrazo es algo absolutamente necesario. Y a la vez me da mucha pena pensar que en nuestra sociedad existan tantas personas necesitadas del abrazo de un perfecto desconocido. Gente que, al parecer, no tiene cerca a nadie que lo quiera ni se preocupe por él, o por ella.

Resulta muy triste que cada vez haya más personas que están solas siempre, que no tienen con quién hablar, a quién darle los buenos días por la mañana; que no tienen a nadie que les dé un abrazo o un beso en la mejilla, o que les eche un brazo por los hombros en momentos de tristeza.

Y no estoy hablando de sexo en absoluto, que eso es otro tema y otra historia. Me refiero a esa soledad que viene del distanciamiento entre los seres humanos que en nuestras sociedades occidentales se considera cada vez más natural una vez pasada la etapa de la adolescencia y para la que casi preparamos a nuestros jóvenes.

Conozco a muchas madres y a bastantes padres que consideran normal, aunque no les guste, que sus hijos e hijas dejen de abrazarlos y de darles un beso (por la mañana o de despedida o de buenas noches) en cuanto cumplen los doce o trece años, y que aceptan que no es posible abrazar a sus hijos en público si quieren evitar que sus compañeros se burlen de ellos. Luego, esos hijos se van a estudiar o se independizan y cada vez más relacionan contacto físico con una actividad erótica, porque es la única en que el contacto es no sólo permisible sino realmente imprescindible. Si no encuentran pareja, o si la han perdido recientemente, no tienen a nadie que los abrace, que los bese, que les haga mimos. Y algunos incluso piensan que una persona adulta no debe tener esa necesidad, que eso es algo que sólo tienen los bebés y los niños, que una persona mayor debe bastarse a sí mismo.

Por fortuna en los países más al sur aún nos tocamos bastante, aunque no llegamos al comportamiento, normal en los países árabes, de ver a dos amigos heterosexuales cogidos de la mano mientras van mirando a las chicas con las que se cruzan. Pero cuanto más al norte nos dirigimos, más raro es el contacto físico, y esa ausencia crea un malestar en los que la sufren y, por tanto, hace que la sociedad en la que viven se haga cada vez más fría y más triste.

Hace varios años vi en televisión un programa en el que explicaban un experimento sobre cómo interpretamos los humanos el contacto: un actor y una actriz se turnaban para acercarse a una taquilla (cuando aún estaban abiertas y se podía tocar a la otra persona) o a un kiosko o al mostrador de un hotel o de un bar, pedían algo, hablaban un par de minutos con la otra persona y en ningún momento sonreían; pero antes de marcharse, al dar las gracias o al recoger el cambio o el folleto que habían pedido o lo que fuera, rozaban un instante la mano de su interlocutor.
Cuando, después, se preguntaba al empleado del hotel o al barman o a la taquillera si el cliente había sonreído, todos decían que sí. Luego les enseñaban el vídeo que habían rodado y se quedaban perplejos al ver que su recuerdo les había engañado, que el cliente no había sonreido. Pero había habido un contacto físico y eso era interpretado inconscientemente como una sonrisa.

Se sabe que los bebés a los que no se les toca, que no reciben abrazos y mimos (porque han sido abandonados y después recogidos en una institución donde hay demasiados y muy poco personal, por ejemplo) no se desarrollan correctamente y no son tan rápidos ni tan inteligentes como los que han tenido contacto físico regular.

Recuerdo muy bien un verano que pasé en Munich estudiando alemán, cuando aún estaba en la universidad y, al cabo de tres semanas de no tocar a nadie y de que nadie me tocara, se me iban los ojos detrás de las familias que se abrazaban y se hacían cosquillas tumbados en la hierba del parque los domingos, de las amigas que se cogían del brazo, de las parejas que paseaban cogidas por los hombros o por la cintura. Me habría encantado poder tocar a alguien y que alguien me tocara –sin intención sexual- pero, obviamente, mis profesores no estaban por la labor, y ni siquiera mis compañeros y compañeras, de mi edad, se hubieran atrevido a hacerlo, aunque les hubiese apetecido igual que a mí, porque habría sido un exceso de intimidad. Supongo que habría hecho falta más de un año de vernos todos los días para llegar a esas confianzas.

A mí el tacto me parece uno de los sentidos más importantes que tenemos los humanos y creo que a nadie se le debería negar un abrazo, un mimo, una caricia, una palmadita cariñosa, un apretón de mano, un brazo por los hombros. Pienso que deberíamos educar a nuestros hijos para que tengan una “cultura del contacto”, una “cultura táctil”, sin vergüenza ni desconfianza porque, de lo contrario, cualquier día nosotros –y ellos un poco más adelante- tendremos que salir a la calle a buscar a alguien que nos quiera dar un abrazo. Incluso pagando.

 

Imagen: Jesslee Cuizon en Flickr

Posteado por Elia Barceló





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