- Tener un caparazón era tan bonito - le decía la tortuga a Hipo. Hipo estaba echado a su lado y apoyaba la cabeza sobre las patas.
- Cuando tienes un caparazón - dijo- todo va bien.
- ¿Todo?
- Sí - contestó la tortuga intentando recordar-. Con un caparazón los demás están tristes pero tú no. El caparazón sirve para eso.
Hipo se quedó pensativo.
- Un día mi caparazón se puso triste pero yo no - dijo para terminar de convencerse-. Yo no estaba triste en absoluto. Bailaba y silbaba una canción. Era un día triste. La lluvia caía triste, todo estaba triste, pero yo no. Yo era feliz. Al día siguiente mi caparazón me dio las gracias.”Gracias tortuga”, me dijo, parecía sincero. Y ahora estará por ahí en cualquier rincón, quién sabe dónde.
- ¿En un caparazón cabe un hipopótamo? - preguntó Hipo.
- Un caparazón es lo más bonito. Deberían ponerle un monumento - murmuró la tortuga con los pensamientos muy lejos de ahí.
La tortuga cavó un agujero y se metió dentro. Hipo hizo lo mismo. Se quedaron los dos muy callados. De Hipo sólo asomaban la orejas. Ahí dentro estaba muy oscuro.
- No es lo mismo pero se parece - dijo la tortuga desde su agujero- . Tener un caparazón es algo tan…, algo tan… - la tortuga hizo un esfuerzo.
- ¿Oscuro? - preguntó Hipo desde su agujero
- A veces si… - recordó la tortuga. Un rayo de sol intentó colarse por el agujero pero chocó contra la pared y se desvió
Tener un caparazón era oscuro, pero bonito, pensó la tortuga, pero de pronto no estaba tan segura.