
El escarabajo se queda mirando al conejo:
—¿De qué vas vestido? — le pregunta.
— De Jesús — explica el conejo satisfecho.
— ¿Y ese quién es? — pregunta el escarabajo sin interés.
— El dueño del bosque — explica el conejo.
El escarabajo sigue meditando.
— ¿Y también eres el dueño del suelo? — pregunta el escarabajo.
El conejo duda un instante, no está seguro de hacia dónde le quiere llevar el escarabajo.
— A veces … — contesta con prudencia.
— Ya, claro, a veces. A veces está, a veces no está— murmura el escarabajo echando a andar.
— Sí, las cosas son así — contesta en conejo mientras sigue su camino. El conejo se detiene frente a su madriguera y saca un cártel de madera en el que ha escrito:
Se azen milagros
El conejo lo mira satisfecho y se sienta a comerse una zanahoria. Mientras tanto el escarabajo se ha encontrado con la nutria y el castor que escuchan con amabilidad su queja.
— ¿Así que la culpa es de los pies? — pregunta el castor.
— ¡Exacto!— exclama el escarabajo— sin pies no habría ningún problema. Fíjate en los peces ¡No tienen pies y nunca se caen!
— Es cierto— murmura el castor.
— Sí, no lo había pensado — añade la nutria— creo que tengo una solución. Tienes que aprender a nadar.
El escarabajo entorna los ojos como si quisiera pensar en algo, pero su cabeza choca con la palabra “nadar”.
— ¿Nadar? — pregunta el escarabajo.
— También le podemos enseñar a remar — sugiere el castor.
— Ah, los ratones son los mejores remeros del bosque— recuerda la nutria.
— Sí, es cierto— dice el castor— ¡Tenemos que ir a hablar con los ratones! No te preocupes escarabajo, nosotros te ayudaremos, ya verás como no tienes que cortarte los pies.
El escarabajo sigue al castor y a la nutria lleno de esperanzas. Mientras tanto el conejo recibe a su primer cliente. El elefante le acaba de pagar un puñado de cacahuetes por un milagro.
— Quiero que me crezca el cuello — le pide el elefante. El conejo cuenta los cacahuetes y asiente con la cabeza.
— Eso está hecho.
La lechuza lo observa todo desde una rama.