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El elefante pasea por el bosque absorto en sus pensamientos. Dios le ha hecho santo. Bueno, no ha sido Dios, sino el director general de Dios, que es el conejo.
Ahora que es santo se siente diferente, aunque no sabe muy bien cómo. Por eso le ha preguntado al conejo qué es eso de ser un santo.
El conejo se ha quedado pensativo y ha dicho:
—Un santo es una persona que hace todo lo que le piden.
—Pero…— ha comenzado a decir el elefante.
—Sin replicar — ha añadido rápidamente el conejo.
—Eso es un tonto— le ha explicado la ardilla cuando el elefante se lo ha contado.
—O un requetetonto— ha añadido la lechuza.
—Pero el conejo dice que si soy un santo iré al cielo — dice el elefante, que aún no está muy seguro de qué quiere decir eso.
—Yo he estado en el cielo y créeme, no es como lo pintan— dice el escarabajo recordando su paseo por las alturas y el enorme batacazo que se pegó al caer del cielo.
—Además los animales no vamos al cielo sino al limbo —añade la lechuza.
Todos los animales miran a la lechuza con sorpresa. Hasta ahora la lechuza les había hablado del cielo y del infierno, pero eso del Limbo...
—¿Qué es el limbo?— pregunta el escarabajo.
—Nuestro cielo particular— dice la lechuza.
La ardilla refunfuña en voz baja. Últimamente parece que todo está privatizado.
—¿Y tiene suelo? — pregunta el escarabajo, esperanzado.
—¿Los santos van al limbo?— pregunta el elefante.
—No, los santos van al cielo — contesta la lechuza.
—¿Entonces vosotros os vais al limbo y yo al cielo?
—Si sigues siendo un santo (—un tonto—, corrige la ardilla), sí—dice la lechuza.
—¿Y el suelo del Limbo es resistente? — pregunta el escarabajo. Acaba de encontrar un catálogo de un lugar llamado Ikea, con variedad de suelos a muy bajo precio, y desde hace unos días pasa las horas ensoñado y acariciando las páginas del catálogo.
—Pero yo no quiero estar solo en el cielo— protesta el elefante.
—Pues ya sabes— dice la ardilla con determinación— deja de hacer el tonto e irás al limbo con nosotros.
—Eso no es cierto … dice el conejo apareciendo de pronto— el limbo es el cielo de los tontos.
—Por eso está todo lleno de conejos— replica la ardilla usando todos sus reflejos.
—No, los conejos nunca morimos, somos una raza superior — improvisa el conejo recordando los días en los que trató de convencer a los animales de que se cambiaran los nombres y adquirieran los hábitos de los conejos.
—¿Nunca mueren?— exclama el escarabajo aterrorizado.
—Nunca —afirma categórico el conejo.
—Dios nos asista— murmura la lechuza, absolutamente harta de toda esa conversación.
Los animales se alejan del elefante y el conejo, que se han metido en negociaciones acerca de la santidad del elefante.
—No, no puedes dejar de ser un santo — dice el conejo.
—Pero yo no quiero ir al cielo— protesta el elefante— y además estoy harto de hacerte recados todo el día.
—Si renuncias irás al infierno — dice el conejo.
—¿El infierno tiene suelo? — pregunta el escarabajo.
—Sí, un suelo de llamas rojísimas que te dejan achicharrado— explica el conejo.
Esa noche el escarabajo decide que el mejor sitio para vivir no es ese bosque, ni el cielo, ni el infierno, ni ese limbo privado, sino Ikea, y se hace la firme promesa de investigar acerca de su paradero. Aun hay esperanza. Murmura el escarabajo antes de dormirse profundamente.