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17 de Febrero de 2009
25 años sin Julio
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El 12 de febrero se han cumplido 25 años de la muerte de Julio Cortázar, un escritor a quien yo considero mi maestro y a quien no tuve la suerte de conocer en persona, a pesar de que durante unos años los dos estuvimos vivos en este planeta e incluso llegamos a estar en la misma ciudad, en París, donde él vivía.

Quizá si lo hubiera descubierto a los doce años o a los quince habría reunido el valor de buscarlo a los veinte, pero cuando yo empecé a leer sus relatos y a darme cuenta de lo maravilloso que era, yo ya había empezado a escribir, tenía un par de cuentos publicados y me daba mucha, muchísima vergüenza escribirle y decirle que lo admiraba y me gustaría conocerlo. ¿Qué nos íbamos a decir, incluso suponiendo que él accediera a recibirme? Por aquel entonces a mí no se me había pasado por la cabeza hacer una tesis doctoral y no tenía excusa para hacerle todas las preguntas que tenía dentro. De modo que, sencillamente, fui dejando que pasara el tiempo –cobarde que fui, sí, ya lo sé– hasta que un día gris, frío y ventoso de febrero –yo estaba en París acompañando a mi marido que sí estaba trabajando en su tesis y necesitaba los archivos del Ministerio de Exteriores– leí en el periódico la noticia de su muerte. No fui al entierro porque me pareció que no tenía derecho y, a la vez, porque no quería aceptar que hubiese muerto, que nunca más fuera a escribir aquellos textos deslumbrantes –unas veces por graciosos y desbordantes de ingenio, otras veces por misteriosos, oscuros y fantásticos–; me negaba a aceptar que nos hubiéramos quedado para siempre sin su palabra.

No soy mitómana, no lo he sido nunca y no soy de las personas que peregrinan a la casa donde vivió X o estarían dispuestas a todo por poseer un bolígrafo de Z o el encendedor con el que Y se encendía los puros. Sin embargo nunca he podido evitar acudir a lugares donde Julio Cortázar menciona en sus libros que vio algo que le impresionó, porque yo también quiero verlo, a través de sus ojos y con los míos propios. He recorrido París junto a él, he paseado con su recuerdo por Saignon, donde él pasaba los veranos, he estado en la Galerie Vivienne, de París, y en el Pasaje Güemes, de Buenos Aires, siguiendo sus pasos y los pasos del personaje de uno de sus cuentos que, al atravesar el Pasaje en el siglo XX sale a la Galerie en el XIX. Y le he dedicado mi última novela para adultos –Corazón de tango– porque es fantástica y porque tiene un tono que él me enseñó a conseguir.

Ahora hace 25 años de aquel día en que murió y, a pesar de que sus obras están aquí y están vivas, sigue doliéndome su ausencia, porque ahora sí que me atrevería a visitarlo y a decirle cuánto lo admiro y cuánto he aprendido de él.

A él, probablemente, le parecería ridículo que «honráramos» su aniversario. No le gustaban las cosas oficiales, ni las conmemoraciones, ni la «Gran Costumbre». Supongo que, puestos a ello, hubiera preferido que lo recordaran a los veintiséis años de su muerte o a los diecisete o a los tres y medio. Julio era un gran jugador en el sentido más amplio y más lúdico de la palabra; establecía reglas de juego para la vida cotidiana y las seguía a rejatabla, a ver qué pasaba. Con su última esposa, por ejemplo, pasó cuatro semanas en la autopista de París a Marsella, viajando en una especie de furgoneta acondicionada, sin poder salir nunca de la autopista, alimentándose sólo de lo que podían conseguir en las áreas de servicio (hablamos de principios de los años ochenta) y ateniéndose al azar para la elección de las paradas. De esta aventura salió un libro, que escribieron a medias Julio Cortázar y Carol Dunlop –Los autonautas de la cosmopista–.

Julio es también famoso por haber escrito Rayuela, una novela concebida con el principio de «kit» para montar, en la que el lector elige el orden de lectura de los breves capítulos que la componen y, de ese modo, lee teóricamente una novela distinta cada vez que la vuelve a leer.

Además, nos regaló su estupenda idea de que todos los humanos podemos ser de tres tipos: cronopios, famas y esperanzas, y escribió un divertidísimo libro en el que nos cuenta anécdotas de los diferentes tipos de persona en Historias de cronopios y de famas.

Y lo mejor de todo: nos dio cuatro maravillosos libros de relatos, casi todos fantásticos, unos relatos tan intensos y tan perfectos que «dejan cicatrices en el lector que los merece», como él mismo decía de los relatos de otros grandes maestros anteriores a él, como Edgar Allan Poe, a quien tradujo.

Julio Cortázar era el hombre que toda su vida pareció joven; que decía que el lomo de los libros es realmente su cara, porque es lo que uno ve en la estantería y por eso hay que mimarlo y diseñarlo con más dedicación que la cubierta; que odiaba que acortaran su nombre en J. Cortázar porque él no se llamaba «Jotapunto Cortázar»; que nos dejó las instrucciones para subir una escalera o para dar cuerda a un reloj; que nos habló de la desesperación de las gotas de lluvia que intentan agarrarse con todas sus patas al cristal, pero acaban cayendo y perdiéndose para siempre; que siempre se sintió un cronopio entre famas; que en un momento de su vida descubrió el compromiso político y la solidaridad y, sin dejar de escribir cuentos fantásticos, hizo que sus cuentos fantásticos sacudieran al lector y le hicieran darse cuenta de los horrores que estaban sucediendo en Argentina, en Chile, en Nicaragua, en tantos lugares donde se habla nuestra misma lengua.

No quiero terminar este post sin añadiros el enlace a su página para que, si tenéis curiosidad, podáis acceder a alguno de sus mejores relatos. Os recomiendo uno de los más famosos: Casa tomada y uno de mis favoritos, Reunión con un círculo rojo, pero estoy segura de que cualquiera que leáis os gustará o, al menos, incluso si no acabáis de entenderlo, os resultará inquietante y os planteará un desafío.

Julio ya no está con nosotros, pero sus historias sí. ¡Disfrutadlas!

http://www.juliocortazar.com.ar/

Posteado por Elia Barceló

Comentarios
Elia - 2009-02-25 00:00:00
Gracias por los ánimos, chicos! Ahora que ya he vuelto de mi viaje por Cantabria y Euzkadi escribiré más posts y participaré más en los comentarios. Estoy muy contenta de haberte conocido en persona, Carpe Diem, y me pasaré por la página que recomiendas. Sí, Guille -sniff!- siempre será "mi" Julio.
CARPE-DIEM - 2009-02-19 00:00:00
http://jordim.wordpress.com/ Hola Elia, te dejo una página de relatos. Seguroq ue hay montones de páginas de gente que escribe realtos, pero como Jordi, seguro que no, date una vuelta cuando tengas un rato. Un abrazo,y sigue siendo felíz!!!
CARPE-DIEM - 2009-02-18 00:00:00
He comprobado que admiras a Coratzar, escuchándote hablar de él, además de haber leido el post. Me ha encantado poder estar tan cerca de tí ,ésta misma tarde en la charla sobre tu libro,"Corazón de Tango", en Bilbo. Trasmites buenas vibraciones, y eso me gusta de la gente, me has llenado de energía positiva. Gracias Elia.
Guille - 2009-02-18 00:00:00
Yo no creo que fueras cobarde, simplemente no estabas preparada, y cuando lo estuviste él ya no estaba... Es como en toda tragedia, como en cualquier vida... Lo bueno que le veo a todo esto es que siempre será "tu" Julio Cortázar, y no el real ni el de otra persona...










ELIA BARCELÓ

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