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5 octubre 2010
Sentirse culpable

El otro día, esperando en la consulta de un médico, leí algunas páginas de un libro muy interesante que era algo como un diccionario de errores frecuentes relacionados con la salud y el deporte.
Uno que me llamó la atención hablaba de la locura que nos ha dado –en la zona del mundo occidental, rica y blanca, se entiende– de matarnos a hacer de todo para estar sanos, delgados, jóvenes y activos, desde la infancia hasta la ancianidad.
Pensándolo mientras volvía a casa se me ocurrió algo que me parece muy gracioso:
Antiguamente –bueno, no tanto, porque yo aún lo he vivido y lo recuerdo– existía un sistema de control social basado, digamos, en lo “espiritual”. Se controlaban cosas como: ¿Has ido a la misa del domingo?, ¿has cometido algún pecado que debas confesar?, ¿has hecho algo inmoral?, ¿has tenido pensamientos eróticos?, ¿te has dejado tocar por tu novio?, ¿has desobedecido a tus padres? Y también cosas como: ¿amas a tu Patria?, ¿serías capaz de morir luchando? O bien ¿morirías por la Revolución? (o por el partido clandestino al que estuvieras afiliado). ¿Has desobedecido las consignas? ¿Has ido a la huelga que ha convocado tu sindicato?
Uno se pasaba la vida con la misma pregunta dándole vueltas por la cabeza, cambiando sólo los términos: ¿Eres buen cristiano, buen espanyol, buen hijo, buen amigo? O ¿eres buen comunista, buen socialista, buen compañero? ¿Has hecho lo que se espera de ti?
Sabías qué era lo que tenías que hacer y procurabas hacerlo (o no), pero siempre había un fondo de culpabilidad, porque no es posible ser siempre perfecto y cumplir con todo, especialmente cuando se trata de altos ideales y grandes palabras de las que se escriben con mayúscula.

Ahora el sentimiento de culpa viene de cuestiones totalmente distintas. A nadie le preocupa si uno va a misa o no –la libertad religiosa es un derecho fundamental-; nadie controla si uno hace o no lo que ha decidido su partido político; a nadie se le ocurre preguntar –ni mucho menos escandalizarse– por las prácticas sexuales de los demás; y la mayor parte de la gente piensa que las relaciones familiares y cómo trate cada uno a su padre y a su madre son asunto privado.
Ah! Pero si uno fuma, o empieza a engordar, o si resulta que le encantan las comidas con mucha grasa o con mucho azúcar, o si no hace deporte con regularidad... ahí sí que tenemos un problema. A casi todo el mundo le parece que hay que ayudar a la oveja descarriada y machacarle las nuevas consignas para hacer que se sienta culpable y vuelva a comportarse bien.
Ahora, la “culpa” viene de cosas como: “otro día que me he saltado el gimnasio”, “¡qué horror! Me he comido un platazo de paella; lo menos mil calorías”, “mañana tendré que madrugar un poco y salir a correr”, “me he pasado el domingo tirado en el sofá viendo la tele, ¡qué vergüenza!”, “me había puesto tres cigarrillos de tope y me he fumado cinco”, “había decidido bajar tres kilos y me acabo de tomar una cerveza”.
Antes había gente que, agotada después de un largo día de trabajo, se sentía fatal cuando se iba a la cama sin haber rezado sus oraciones y ahora hay gente que se siente culpable porque no se ha hecho el peeling facial y no se ha puesto la crema antiarrugas.

¿Es que los humanos no podemos vivir sin sentido de culpa? ¿Cómo es posible que después de un par de miles de años de civilización sigamos necesitando que alguien, en nombre de una de las grandes palabras, nos obligue a hacer cosas “por nuestro bien”? Si antes nos obligaban “por Dios, por la Patria y el Rey” ahora es “por la Salud, la Belleza y la Longevidad” o algo similar.

Yo, la verdad, me he pasado la vida intentando que nadie me obligue a nada y estoy muy contenta de que tantas cosas que antes eran obligatorias sean ahora decisión personal. Pero si la sociedad se empeña en que me sienta culpable de algo, prefiero sentirme culpable por no haberme comportado bien con otra persona que sentirme culpable por no haber hecho mis cien abdominales o por haberme tomado un trozo de tarta. Al fin y al cabo, antes o después, nos vamos a morir igual. Aunque, eso sí, habrá algunos que se morirán guapísimos, delgadísimos, musculosísimos y con una piel perfecta.

 

Imagen: j.lee43 en flickr

Posteado por Elia Barceló

Comentarios
Elia - 2010-10-17 17:53:05
Cada vez estoy más convencida de que a la mayor parte de los humanos nos encanta sentirnos culpables...
carmen - 2010-10-15 21:13:47
jajaja! qué bueno! y qué razón que tienes!










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