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22 septiembre 2010
Abrazos gratis

Me contaron hace poco que en Londres alguien salió a la calle con un cartel que ofrecía « Free Hugs » (abrazos gratis) y, después de la primera desconfianza, empezaron a acercarse cada vez más personas para recibir un abrazo.

Me pareció –y me sigue pareciendo- una idea estupenda porque sé que a veces un abrazo es algo absolutamente necesario. Y a la vez me da mucha pena pensar que en nuestra sociedad existan tantas personas necesitadas del abrazo de un perfecto desconocido. Gente que, al parecer, no tiene cerca a nadie que lo quiera ni se preocupe por él, o por ella.

Resulta muy triste que cada vez haya más personas que están solas siempre, que no tienen con quién hablar, a quién darle los buenos días por la mañana; que no tienen a nadie que les dé un abrazo o un beso en la mejilla, o que les eche un brazo por los hombros en momentos de tristeza.

Y no estoy hablando de sexo en absoluto, que eso es otro tema y otra historia. Me refiero a esa soledad que viene del distanciamiento entre los seres humanos que en nuestras sociedades occidentales se considera cada vez más natural una vez pasada la etapa de la adolescencia y para la que casi preparamos a nuestros jóvenes.

Conozco a muchas madres y a bastantes padres que consideran normal, aunque no les guste, que sus hijos e hijas dejen de abrazarlos y de darles un beso (por la mañana o de despedida o de buenas noches) en cuanto cumplen los doce o trece años, y que aceptan que no es posible abrazar a sus hijos en público si quieren evitar que sus compañeros se burlen de ellos. Luego, esos hijos se van a estudiar o se independizan y cada vez más relacionan contacto físico con una actividad erótica, porque es la única en que el contacto es no sólo permisible sino realmente imprescindible. Si no encuentran pareja, o si la han perdido recientemente, no tienen a nadie que los abrace, que los bese, que les haga mimos. Y algunos incluso piensan que una persona adulta no debe tener esa necesidad, que eso es algo que sólo tienen los bebés y los niños, que una persona mayor debe bastarse a sí mismo.

Por fortuna en los países más al sur aún nos tocamos bastante, aunque no llegamos al comportamiento, normal en los países árabes, de ver a dos amigos heterosexuales cogidos de la mano mientras van mirando a las chicas con las que se cruzan. Pero cuanto más al norte nos dirigimos, más raro es el contacto físico, y esa ausencia crea un malestar en los que la sufren y, por tanto, hace que la sociedad en la que viven se haga cada vez más fría y más triste.

Hace varios años vi en televisión un programa en el que explicaban un experimento sobre cómo interpretamos los humanos el contacto: un actor y una actriz se turnaban para acercarse a una taquilla (cuando aún estaban abiertas y se podía tocar a la otra persona) o a un kiosko o al mostrador de un hotel o de un bar, pedían algo, hablaban un par de minutos con la otra persona y en ningún momento sonreían; pero antes de marcharse, al dar las gracias o al recoger el cambio o el folleto que habían pedido o lo que fuera, rozaban un instante la mano de su interlocutor.
Cuando, después, se preguntaba al empleado del hotel o al barman o a la taquillera si el cliente había sonreído, todos decían que sí. Luego les enseñaban el vídeo que habían rodado y se quedaban perplejos al ver que su recuerdo les había engañado, que el cliente no había sonreido. Pero había habido un contacto físico y eso era interpretado inconscientemente como una sonrisa.

Se sabe que los bebés a los que no se les toca, que no reciben abrazos y mimos (porque han sido abandonados y después recogidos en una institución donde hay demasiados y muy poco personal, por ejemplo) no se desarrollan correctamente y no son tan rápidos ni tan inteligentes como los que han tenido contacto físico regular.

Recuerdo muy bien un verano que pasé en Munich estudiando alemán, cuando aún estaba en la universidad y, al cabo de tres semanas de no tocar a nadie y de que nadie me tocara, se me iban los ojos detrás de las familias que se abrazaban y se hacían cosquillas tumbados en la hierba del parque los domingos, de las amigas que se cogían del brazo, de las parejas que paseaban cogidas por los hombros o por la cintura. Me habría encantado poder tocar a alguien y que alguien me tocara –sin intención sexual- pero, obviamente, mis profesores no estaban por la labor, y ni siquiera mis compañeros y compañeras, de mi edad, se hubieran atrevido a hacerlo, aunque les hubiese apetecido igual que a mí, porque habría sido un exceso de intimidad. Supongo que habría hecho falta más de un año de vernos todos los días para llegar a esas confianzas.

A mí el tacto me parece uno de los sentidos más importantes que tenemos los humanos y creo que a nadie se le debería negar un abrazo, un mimo, una caricia, una palmadita cariñosa, un apretón de mano, un brazo por los hombros. Pienso que deberíamos educar a nuestros hijos para que tengan una “cultura del contacto”, una “cultura táctil”, sin vergüenza ni desconfianza porque, de lo contrario, cualquier día nosotros –y ellos un poco más adelante- tendremos que salir a la calle a buscar a alguien que nos quiera dar un abrazo. Incluso pagando.

 

Imagen: Jesslee Cuizon en Flickr

Posteado por Elia Barceló

Comentarios
Elia - 2010-10-11 13:55:06
Gracias, Nuno! Espero que sigamos charlando a través del blog.
nuno - 2010-10-11 7:30:14
Hoy he conocido "sehacesaber" y me ha parecido muy interesante. Enhorabuena.
Elia - 2010-10-04 16:01:41
Hola, Guille! Qué alegría "verte" de nuevo por aquí! Sí, a mí también me asusta ese desarrollo, por llamarlo de algún modo, de "for your own safety" que se empenyan en machacarnos: no des la mano, no beses, no toques, lávate, lávate... Luego tenemos una población con miles de alergias y con una desconfianza básica frente al prójimo, ya desde pequenyos. Tenemos que hacer algo para frenarlo...
Guille - 2010-10-04 11:16:39
Hola Elia, ya estoy de vuelta yo también... Estoy, para variar, totalmente de acuerdo contigo, pero creo que tendemos hacia algo totalmente distinto. Sólo hay que mirar los panfletos sanitarios para darse cuenta de que el contacto físico no es saludable; sólo hay que fijarse en las normas protocolarias para entender que los besos y abrazos no son hábitos de buena educación, y así con un montón de costumbres que los gobiernos se empeñan en transmitir como lo correcto.










ELIA BARCELÓ

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