Blogs.

3 septiembre 2010
Nuevo curso y China

Queridas amigas, queridos amigos de este blog,

Ya he vuelto!

Ahora que ha pasado el mes de agosto, regreso con alegría y ganas de seguir charlando de tantas cosas que nos parecen interesantes, y espero que sigáis ahí para continuar la conversación. También espero que hayáis pasado un verano relajante, estimulante, divertido, de descubrir cosas dentro y fuera de vosotros, de cargar la batería, de estar con gente querida.
Yo, entre otras cosas, he estado en China. He visto muchísimo –tanto que, como me suele suceder, al final del día me dolían los ojos-, he aprendido un montón, me he cansado una barbaridad, y he disfrutado a tope.
Y, además, he estado en la Expo Shanghai, que es de lo que quería hablar hoy.

Hace dieciocho años tuve la suerte de estar en la Expo Sevilla 1992. Fue una de las mejores experiencias de mi vida; no sólo por lo maravilloso que era todo, sino porque a una chica como yo, apasionada de la ciencia ficción y las extrapolaciones de futuro, no se le podía ofrecer nada mejor que un lugar donde todos los países presentaban lo más innovador de su ciencia y su ténica para deslumbrar al mundo.

Recuerdo con asombro y alegría el pozo de las imágenes en el pabellón de Francia, el cine del pabellón de Japón, donde las butacas viajaban de una pantalla a otra en carrusel, el techo del pabellón de Kuwait que se abría y se cerraba... un montón de maravillas. Sin contar con las fuentes, las enredaderas, las flores, los espectáculos, la magia del ambiente...

Por eso, este año la idea de volver a una Expo Universal me llenaba de ilusión. Quería ver qué prodigios nos mostraban en China dieciocho años más tarde.

La decepción ha sido enorme. Y confieso, por si alguno de los que leéis estas líneas habéis estado también en Shanghai, que no he visto ni un diez por ciento de lo que había, pero creo que me he hecho una idea a pesar de todo.

Grande sí que era, la verdad. Pero sin gracia, sin árboles, sin sombra, sin flores –¡con la maravilla de jardines que son capaces de crear en China!-, a cuarenta grados, con casi cien por cien de humedad, y miles de personas –prácticamente todas del país que acogía la Expo- haciendo unas colas eternas para ver estupideces de auténtica vergüenza ajena en muchos de los casos. Huelga decir que me ahorré las diez horas de cola para el pabellón de Arabia Saudita y las más de cuatro de Alemania, por no hablar del pabellón anfitrión –China-, que estaba literalmente rodeado de gente esperando poder entrar.

Antes de que penséis que no disfruté de nada, quiero dejar claro que el pabellón de Italia es de lo mejor que he visto –tanto el concepto como la realización-, así como el de Chile, España e Indonesia. Cuba es simplemente un bar, como si no tuvieran nada que ofrecer aparte de mojitos, daikirís y cerveza Cristal. Venezuela es Chávez e intento –muy poco hábil- de indoctrinación. Pero lo peor que he visto en mi vida en pabellones es el de Estados Unidos y eso me gustaría compartirlo con vosotros.

Entramos por dos razones: primero, daba la sensación de que la cola avanzaba con cierta fluidez (a pesar de que los chinos tienen a gala colarse en cuanto pueden, y a pesar de los paraguas en modo sombrilla que blanden como armas dirigidas a los ojos de los demás) y, segundo, teníamos interés por ver cómo se iban a presentar los estadounidenses en China y qué cara de las muchas de su país iban a ofrecer al mundo. Hay que considerar que yo me crié en la época en la que Estados Unidos era la nación puntera en el planeta, de la que venía lo más moderno, lo más grande, lo más futurista e innovador, de manera que mi imagen de USA, a pesar de lo que ha llovido desde entonces, sigue siendo de un país grande, fuerte y moderno.

Cuando, después de una hora, conseguimos llegar a la entrada, nos encontramos con que dejaban entrar a grupos de unos ciento cincuenta y luego cerraban las puertas, de modo que nadie podía salir hasta que se acababa la presentación completa.

Era una sala donde las paredes estaban cubiertas con los logos de todos los patrocinadores del pabellón. No había nada más, salvo una pequeña elevación con un micrófono.
Primero tres minutos de arenga en chino a cargo de una especie de animadora chillona. Nada de inglés. Aunque, al fin y al cabo, como los únicos occidentales que había allí éramos nosotros, tampoco valía la pena.
Luego cinco minutos en los que, en tres pantallas, vimos a todo tipo de americanos –blancos, negros, asiáticos, bomberos, profesores, estudiantes, amas de casa, etc.- diciendo “Ni hao” (“hola”, en chino), lo que provocó la alegría y las risas de todos los presentes.
Se abrieron las siguientes puertas, nos sentamos en unos bancos corridos, y en la pantalla apareció Hillary Clinton dándonos la bienvenida al pabellón estadounidense. Luego profesores, ingenieros, arquitectos y gente “de más nivel” que los de la sala anterior, diciendo (en inglés, con subtítulos) qué gran país es China, qué simpáticos son los chinos, y cuántas cosas tienen ambos pueblos en común. A continuación, el presidente Obama dijo básicamente lo mismo, pero con mejor articulación, y añadió que había estado recientemente en Shanghai y todo lo decía con conocimiento de causa. Y que bienvenidos, y que Estados Unidos tiende la mano a China, esa gran nación, con tanto futuro.

Se abrieron las puertas y nos hicieron pasar a la sala siguiente. Más bancos corridos, más pantallas. Y ahora, lo mejor! Una película de unos cinco minutos de duración –muda- en la que la nación que ha dado al mundo gran parte del mejor cine que se ha producido jamás muestra lo siguiente:
Un patio de vecinos (en Nueva York o similar, se supone), en blanco y negro, lleno de mugre y de trastos viejos. Una señora de mediana edad –oriental- barriendo, triste. Un señor de mediana edad –occidental- leyendo el periódico, enfadado. Una niña –maquilladita, con cara de pija- sale con una maceta donde hay una margarita gigante –de color fucsia- obviamente falsa. Planta la flor en medio del patio bajo la mirada de pocos amigos de los otros dos personajes. Al día siguiente la flor ha sido pisoteada, pero la niña, como buena estadounidense, no se amilana y planta otra. Sucede lo mismo, claro.
Entonces la niña pide ayuda a la señora y al final la consigue. Empiezan a reclutar gente y a plantar cosas, el patio se va embelleciendo y van apareciendo colores por todas partes.
Supongo que no hace falta seguir, ¿verdad? Los lectores de este blog, a diferencia de quienes escribieron esa perla, son inteligentes.
Se acaba la película, y a la última sala, llena de fotos grandes de Disneylandia y similares para que los espectadores puedan hacerse fotos de recuerdo. Y a la calle.
Nada de grandes adelantos técnicos, ni Silicon Valley, ni paisajes hermosos, ni carrera espacial, ni siquiera vinos o costumbres curiosas. Nada de nada.

Estuvimos discutiendo al salir que lo más probable es que aquel engendro estuviera muy bien pensado y planeado por antropólogos y sociólogos. Pero, si es así, la cosa no pinta bien ni para los estadounidenses ni para los chinos del futuro.

 

Imagen: stefano meneghetti en flickr

Posteado por Elia Barceló

Comentarios
CarmenE - 2010-09-20 10:02:11
Creo que yo tengo una explicación para el Pabellon EEUU. Efectivamente hace poco que Obama visitó China: los Chinos quedaron fascinados con la pareja por su simpatía, cordialidad, belleza y demás etc.., que ellos no tienen constumbre de apreciar en un lider político: el pabellon les ha dado lo que ellos han apreciado, nada de transmitir otras cosas en estos momentos en que las relaciones entre ambos paises son MUY TENSAS, porque EEUU pretende a toda costa una revaluación del Yuan con el fin equilibrar costos de fabricación a nivel mundial y que no se le vaya de las manos los fondos en dolares que posee China. TODO MANIPULACION.










ELIA BARCELÓ

¡Pincha y descubre nuestro instituto favorito!





« Noviembre 2014 »
L M X J V S D
1 2
3 4 5 6 7 8 9
10 11 12 13 14 15 16
17 18 19 20 21 22 23
24 25 26 27 28 29 30
pie_pagina_separador
Fundaci�n Edelvives