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23 julio 2010
Cancelaciones

Antiguamente había un proverbio que decía: “en la mesa y en el juego se conoce al caballero” y que se usaba con frecuencia, tanto en sentido positivo como negativo, para referirse al comportamiento de otra persona.

En nuestros días, sobre todo en verano, pienso a veces que lo más exacto sería decir: “en el aeropuerto, frente a un vuelo cancelado, se conoce al caballero o a la dama”.

Resulta francamente curioso ver cómo personas que momentos antes parecían civilizadas, en cuanto se enteran de que su vuelo ha sido cancelado y los planes que tenían no van a cumplirse punto por punto, se convierten en salvajes o incluso casi en animales: insultan, gritan, se les desencaja la cara, se les desorbitan los ojos, amenazan, e incluso pueden llegar a las manos si se tercia.

Claro que no tiene ninguna gracia que las vacaciones empiecen de ese modo; claro que todos preferiríamos que el avión saliera puntual y nos llevara sin retraso ni desvío al lugar adonde queríamos ir, pero el personal de tierra del aeropuerto no suele tener la culpa de las huelgas abiertas o encubiertas de pilotos y controladores aéreos y, sin embargo, los que están al pie de la puerta de embaque son los que tienen que tratar con esos energúmenos en los que se han convertido los viajeros que, momentos antes, parecían seres civilizados.

De repente todo el mundo empieza a comportarse como si se tratara de sobrevivir al apocalipsis: hay empujones y la gente se salta las colas para llegar primero al vuelo que ofrecen para llevar a los pasajeros al destino más cercano; se oyen insultos en todos los idiomas y se puede observar cómo y con qué rapidez se pierde la solidaridad básica entre humanos.

A mí, la verdad, me preocupa mucho este comportamiento, sobre todo cuando se trata simplemente de que los planes que uno tenía hechos no van a salir como uno esperaba. Quiero decir, no se trata de sobrevivir, de conseguir agua, de encontrar comida o el antídoto para un veneno, sino de llegar al hotel de playa a las cuatro de la tarde y no a las diez de la noche; de que la maleta vaya en el mismo avión o de que llegue al dia siguiente, de que uno tuviera reservado un asiento junto a la ventana y ahora tenga que estar en el centro. Estamos de vacaciones; no es tan terrible; nadie va a sufrir ni resultar herido ni perder la vida por ese retraso.

Por eso lo que de verdad me da miedo es imaginar lo que le sucede a nuestra sociedad cuando lo que pasa es mucho peor que una cancelación; cuando se trata de verdad de una situación de vida o muerte, o cuando tienes que decidir si te vas a salvar tú en ese único asiento que queda o se lo vas a ceder a un niño, por ejemplo.

Yo, cuando era más joven y más ingenua, era incapaz de comprender que todo un pueblo pudiera convertirse en una jauría en tiempos de guerra, que los vecinos de toda la vida pudieran convertirse, de la noche a la mañana, en traidores, ladrones o asesinos. Ahora, poco a poco, empiezo a comprenderlo gracias a las cancelaciones en los vuelos de verano. Nuestra civilización no es más que un ligero barniz sobre la piel del animal que todos llevamos dentro. Por eso es fundamental que eduquemos a nuestros hijos para que no pierdan esa capa de civilización en ninguna circunstancia, para que no se les olvide que son humanos y no fieras, aunque tengan que cambiar de planes, aunque lleguen tarde a una cita importante. Porque lo de avanzar como sea, y a costa de quien sea, empieza por ese comportamiento grosero en un aeropuerto y, sin darse cuenta, acaba uno pisando cadáveres para llegar a su meta.

 

Imagen: Antonio Tajuelo en flickr

 

Posteado por Elia Barceló

Comentarios
Laura - 2010-07-28 13:39:49
¡¡Bravo por este post!! Estoy totalmente deacuerdo. Aunque también me indigna bastante que, al hacer una reclamación, sea en un lugar como el aeropuerto u otro, se lleva cada vez más el no hacer caso al demandante si no se pone como un energúmeno. Qué feo es eso también.










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