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18 junio 2010
Moscú

Imagen: Pedro J Pacheco en flickr

Acabo de volver de Moscú –de hecho aún estoy de viaje mientras escribo estas líneas en el aeropuerto de Viena– y todavía tengo un montón de impresiones girando en mi cabeza.

Es la tercera vez que he estado allí. La primera fue en 1988, un año antes de la caída del Muro de Berlín, cuando Moscú era todavía la capital de la inmensa Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas : una ciudad gris, amenazadora, sin publicidad de ningún tipo, sin papeleras, con centros comerciales vacíos, porque no había nada que vender, llena de policías, de soldados, de gente con uniforme (también hay que considerar que yo estuve a principios de noviembre, cuando ellos celebraban la Revolución de Octubre), donde había inmensas colas frente a la tumba de Lenin y estaba prohibido fumar en la Plaza Roja ; donde en los hoteles había una vigilante en cada piso que, parapetada tras una mesa, apuntaba las idas y venidas de los clientes y controlaba que las prostitutas que subían a las habitaciones de los extranjeros fueran las que tenían contrato con el hotel y pagaban un tanto por ciento de lo que ganaban ; donde no había planos del Metro, porque era información confidencial, y a ciertas muchachas se las podía comprar con un platito de tomates o rodajas de pepino fresco. Una ciudad donde la Lubianka era todavía algo cuya sola mención hacía temblar de terror.

Volví en 2008 y encontré una ciudad totalmente distinta : capitalista hasta unos extremos que a nosotros, los capitalistas de siempre, nos parecía repulsiva; vulgar y arrogante por un lado –el de los nuevos ricos, los que habían hecho su agosto con la privatización de lo que había sido de todos–; pobre y humillada por otro –el de las personas que habían vivido siempre sacrificadas, soportando toda clase de privaciones con la esperanza de estar construyendo un futuro mejor para sus hijos y sus nietos.

Ahora, dos años después, da la sensación de que esos dos extremos se han consolidado y, tímidamente, empieza a surgir una especie de clase media, de jóvenes profesionales que viajan de vez en cuando al exterior, que aprenden lenguas extranjeras, y se permiten alguna que otra prenda comprada en Zara. Y que, curiosamente para mí, no se sienten europeos.

He tenido ocasión de hablar con gente de entre 15 y 40 años –he ido invitada a una Feria del Libro y para presentar un libro colectivo de autores europeos (incluída una autora rusa) sobre 1989 y los muros que los humanos construímos– y, aunque algunos me han prometido pensar en la cuestión, su primera reacción ha sido decir que no son europeos. Tampoco son asiáticos, eso sí que lo tenían claro, pero no se plantean siquiera la idea de pertenecer en un futuro a la Unión Europea.

Da la impresión de que las tres generaciones de comunismo les han marcado a fuego que el Occidente –todo él– es el enemigo. Igual que han perdido también las fórmulas de cortesía que para nosotros son normales y no especialmente burguesas, como lo de « por favor » y « gracias » o « perdone » o « podría decirme… ? »

Sin embargo, una visita al Museo Histórico de Rusia (entrando a la Plaza Roja a la derecha) o a la Galería Tretyakov –una de las mejores pinacotecas del mundo– deja clarísimo que Rusia, desde siempre, ha sido Europa. Pero parece que lo han olvidado y no tienen ningún interés en la integración, ni siquiera de las otras repúblicas, como Bielorrusia o Ucrania, que son vecinos inmediatos y a cuyos ciudadanos exigen también visados y papeles de extranjería para vivir en Moscú.

No quieren saber nada de nosotros pero, justo a la entrada de la Plaza Roja, los niños pueden hacerse fotos con gente disfrazada de Spiderman, Sponge Bob y Homer Simpson. Para los adultos están el Zar Nicolás II y Lenin, con frecuencia juntos, uno a cada lado del turista que quiere fotografiarse con ellos como recuerdo de Moscú. Y el GUM, el maravilloso edificio novecentista, templo del consumo, está lleno de marcas occidentales con unos precios que dan, sobre todo, risa porque son tan excesivos que parecen de chiste.

Hablando de precios: todas las personas con las que he hablado dicen que no pueden venir de vacaciones a Europa porque no se pueden permitir nuestro nivel, pero hoy, por pura casualidad, he comido dos veces lo mismo: a las dos en Moscú, en el aeropuerto; a las ocho en Viena, en el aeropuerto: un bocadillo de salmón y una cerveza grande. En Moscú he pagado 21 euros (sí, habéis leído bien) ; en Viena ocho con noventa.

Yo, la verdad, siento que Rusia es parte de Europa. Toda nuestra historia está conectada con la historia de Rusia, y hasta que el general Franco prohibió la simple mención de la palabra “ruso”, los españoles habíamos tenido con ese país la misma relación que con Inglaterra o con Suecia, países que no eran vecinos inmediatos, pero con los que se establecían alianzas o se desencadenaban guerras o donde se casaban nuestras princesas para restablecer la paz.

Quizá sea sólo cosa mía esto de pensar que Rusia es Europa. ¿Que decís vosotros? ¿Qué sentís al oir «Rusia» o cuando os presentan a alguien que es ruso o rusa?
 

Posteado por Elia Barceló

Comentarios
CarmenE - 2010-08-12 10:37:51
Pues yo lo que creo que pasa es que el concepto de Europa de hoy, no es el histórico de las alianzas. El concepto actual es muy nuevo y Rusia por sus circunstancias nos queda muy lejos aún y viceversa. Coincido contigo en la percepcion de como eran los rusos hace dos años, pero tienen mucho en común en cuanto a la mala educacion por asociacion a modos burgueses con los cubanos y con los chinos. Yo creo que son cosas del comunismo que se pasaran a mejor vida. Pero hay que darle tiempo a todo, incluso a Europa.
Elia - 2010-06-23 10:42:25
Creo que hablamos de diferentes nivelas, Guille. Claro que los ejemplos que tú das tienen poco que ver entre sí. Yo tampoco tengo mucha afinidad con un mecánico sueco o con un pescador griego, pero es que yo soy tan partidaria de la idea de Europa que me gustaría que todo el mundo lo viera como yo. Pero en lo que sí te doy absolutamente la razón es que el ser o sentirse europeo no debe borrar características personales ni individuales ni propias de una zona en concreto. La diversidad es riqueza y no debe perderse.
Guille - 2010-06-22 9:28:48
Y creo que es un peligro al que tiene que enfrentarse la Europa Común si no quiere perder el valor de sus individuos
Guille - 2010-06-22 9:25:27
Ya lo había pensado alguna vez y supongo que habrá rusos para todo. Los que se sientan europeos, los que se sientan rusos y los que se sientan asiáticos, porque ya me dirás qué tendrá que ver un ruso de Moscú heredero del comunismo más exagerado con un estudiante de San Petesburgo, o con una mujer que viva en la estepa compartida con Mongololia... Pues poco, supongo... Es el gran problema de los Nacionalismos... Intentar englobar a personas cultural, política y socialmente tan distintas homogeneizando la individualidad hace que se pierdan muchísimas características originarias y originales en favor de lo común o normal...
Elia - 2010-06-21 10:14:26
Cuánto tiempo sin saber de vosotros! Me alegro un montón de que nos vayamos a ver en Gijón. Y desde aquí invito a todos los amigos del blog a venir a la Semana Negra, la mejor semana del anyo, y la más larga!
Lywarc'h Henn - 2010-06-19 1:55:17
Elia, se te ve muy guapa. Saludos cordiales de Manoli y Andrés (remember Burjassot). Nos veremos en la Semana Negra. Un beso.










ELIA BARCELÓ

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