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10 junio 2010
El Neolítico

A principio de curso, en octubre, tuve la suerte de asistir a una clase de espectáculo muy especial: una ceremonia neolítica.
Cerca de Innsbruck, a unos 50 kilómetros, en una bellísima región de altas montañas, lagos y cascadas, el departamento de Prehistoria de nuestra universidad ha construído un pueblo: el Ötzi Dorf, llamado así por el nombre que se le dio al cadáver neolítico perfectamente conservado que se descubrió en un glaciar de la zona en 1991: “Ötzi, el hombre de los hielos”.

Los arqueólogos han cuidado de que ese pueblo sea lo más parecido posible a lo que se supone que era un poblado neolítico. Todas las cabañas, las barcas, las cercas... han sido construídas con las herramientas de las que disponían entonces. Paseando por allí, el visitante descubre cómo debía de ser la vida de los humanos hace cinco o seis mil años: cómo cazaban, cómo tejían, cómo se vestían, cómo usaban lo que la naturaleza ponía a su disposición.
También se ofrecen cursillos de fin de semana en los que uno puede aprender a fabricar arcos y flechas y disparar con ellos, a hacer fuego, a encontrar en el bosque cosas comestibles, a distinguir las setas venenosas de las aprovechables, y las hierbas y las bayas comestibles.
El Ötzi Dorf está abierto desde comienzos de la primavera hasta fin de octubre, antes de que caigan las primeras nieves. Este es el enlace, por si tenéis curiosidad o si estáis planeando un viaje a Austria.

El espectáculo al que antes me refería tiene lugar todos los años poco antes de que el Ötzi Dorf cierre para la pausa invernal, y se trata de una ceremonia en la que un nutrido grupo de arqueólogos y estudiantes, vestidos como hace cinco mil años, recorren el poblado en procesión hasta llegar el árbol de las ofrendas, donde entregan sus regalos a las divinidades de la naturaleza al ritmo de tambores e instrumentos de la época mientras las doncellas de la tribu bailan y el sacerdote o chamán, a la vista de todos y en apenas unos segundos, hace fuego con sus manos, prende las ofrendas y deja que se conviertan en humo que asciende hacia el cielo.

Es una de las cosas más impresionantes que he visto en mi vida, dentro de su sencillez. El simple hecho de ver a alguien a tres metros de mí que es capaz de hacer fuego con un par de piedras es algo emocionante. Debe de ser uno de esos restos atávicos que conservamos aún en la parte más antigua de nuestro cerebro.

Durante una hora tenemos la impresión de que un espejismo de cinco mil años atrás se ha hecho real frente a nosotros. Pero la parte racional y “moderna” de nuestro cerebro se empeña en decirnos que es todo puro teatro, que no tenemos ni idea de cómo eran, cómo pensaban y sentían aquellos seres. Algunos espectadores piensan, incluso, que quizá ni siquiera fueran del todo humanos, como lo somos nosotros; que no conocían el amor, por ejemplo, sino sólo el sexo.

Hace un par de días, mi hijo y su novia, que saben que ciertas cosas me emocionan particularmente, me enviaron una foto que me ha impresionado al menos tanto como cuando vi surgir el fuego de entre los dedos del chamán.

Se trata de los esqueletos de dos personas muy jóvenes –según los especialistas, se nota porque ambos tienen los dientes completos y en buen estado– que hace más de cinco mil años murieron abrazados y mirándose a los ojos. No se sabe si los enterraron así porque toda la tribu sabía que se amaban, murieron a la vez en un accidente y sus amigos y vecinos decidieron que querrían estar eternamente juntos, o si ellos mismos sabían que iban a morir (por haber comido algo venenoso, por ejemplo, o haber sido mortalmente heridos por algún depredador) y se tumbaron abrazados a esperar la muerte, para que los ojos del otro fueran lo último que vieran sus ojos al cerrarse para la eternidad.

Ni se sabe ni creo que se llegue a averiguar jamás, pero eso no es lo importante. Para mí, lo importante es sentir que cinco o seis mil años atrás ya existía el agradecimiento por haber sobrevivido un invierno más, la solidaridad entre personas y el amor de pareja. Eso me da ánimos y me hace alegrarme de pertenecer a la especie humana, a pesar de que no siempre son nuestras mejores cualidades las que más destacan.

Y como anécdota curiosa: la pareja neolítica fue encontrada en Valdaro (Mantua, Italia), en 2007, a unos cuarenta kilómetros de Verona, la ciudad que hace cuatrocientos años eligió Shakespeare –de modo totalmente arbitrario y sin haber estado allí jamás– para situar su “Romeo y Julieta”. Bonito, ¿verdad?
 

 

Posteado por Elia Barceló

Comentarios
sara esther chiquian - 2015-05-10 15:12:54
que interessante ! :D
lektu - 2010-06-21 11:48:57
Es bonito lo de los amantes, pero como soy un descastado me emociona más una tumba de la cultura natufiana, en Ein Mallaha (Israel), en la que se encontró el esqueleto de una anciana, junto con el de un cachorro de perro de cuatro o cinco meses. Por un lado, es la muestra más antigua de la relación entre perros y humanos (la tumba tiene unos 12.000 años, de hecho los natufianos eran parcialmente sedentarios pero pre-neolíticos); por otra parte, el que no haya un perro en cada tumba demuestra que no es que sacrificasen perros durante los ritos de enterramiento, sino que esa anciana y ese cachorro murieron más o menos simultáneamente y, sin duda, lo unía algo muy especial. Es hermoso pensar que hace doce mil años los perros ya eran formaban una parte tan importante de la vida humana... Sí, soy un pesado. Un pesado con dos perros y medio :-)
rafaelmarin - 2010-06-15 19:30:31
Te la canto en la Semana Negra...
Elia - 2010-06-15 10:32:51
Qué bonito! No tenía ni idea. Gracias por aportar la canción!
Pedro Guerra les dedicó esta canción - 2010-06-12 18:24:42
5.000 años y aún estoy por tus huesos abrazado a tus huesos respirando tu olor 5.000 años y aún me saben tus besos al sabor de los besos que se dan con sabor nos protegió la primavera con una sábana de flores y en el otoño de hojas secas melancolía en los colores 5.000 años y no pudo ni el tiempo a través de los tiempos eludir la pasión y nos encontrarán y sabrán que alguien te amó el devenir será testigo de cómo al hilo del amor viví una eternidad contigo 5.000 años y aún conservo el recuerdo del feliz cautiverio de una luna de miel 5.000 años y aún recibes mi cuerpo como un mundo desierto donde todo es hacer sobrevivimos al verano y a su mejilla más ardiente y en el invierno nos guardamos bajo la sombra de la nieve 5.000 años y aún me busco y me pierdo en el terco misterio del amor y su red










ELIA BARCELÓ

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