

Imagen: Brandon Christopher Warren en flickr
Esta mañana, en la radio, uno de los moderadores habituales, hablando de una película recién estrenada ha dicho que, considerando el mal tiempo que se espera para el fin de semana, es una buena manera de matar dos horas.
No voy a entrar en la cuestión de la “crítica cinematográfica” que supone el comentario, aunque tiene su miga, sino en lo que de verdad me ha impresionado: lo de ir al cine aunque la película no sea gran cosa, simplemente a “matar el tiempo”.
Los humanos de esta parte del mundo tenemos, con un poco de suerte, una esperanza de vida de 80 a 85 años, y la mayor parte de nosotros dedica un tercio de su día a dormir (unas ocho horas) porque es la única forma de regenerarse que tiene nuestro cerebro. Eso significa que, a lo largo de una vida, pasamos más de 25 años sin enterarnos apenas de que estamos vivos, desconectados, soñando en el mejor de los casos, pero muchas veces ni eso. Quedan entonces, digamos 60 años.
De esos, otro tercio como mínimo lo dedicamos a trabajar –sea ir a la escuela o a un oficio que nos da de comer.
Es posible, y altamente deseable, que nos guste ir a aprender al colegio, instituto, universidad o la institución que sea, y que también nos guste (o al menos no nos parezca terrible) la profesión que ejercemos y que consume entre 8 y 10 horas de nuestra vida diurna; pero de todas formas lo que está claro es que dedicamos otros 25 o 30 años a hacer cosas que no siempre nos apetecen y que en ocasiones ni siquiera hemos elegido o nos resultan odiosas pero que tenemos que hacer porque son necesarias.
Quedan de 20 a 25 años, digamos de libre disposición, aunque de esos hay que descontar tiempos de enfermedad, de recuperación de accidentes, de cuidar a personas cercanas en caso de enfermedad o accidente, de compromisos sociales necesarios pero no deseados... y muchas otras “pequeñeces” que surgen sin haberlas buscado. Quitemos pues, para no exagerar, 6 o 7 años a lo largo de una vida.
Si quitamos también los tiempos “muertos” que dedicamos a esperar (a que llegue el autobús o el metro, a que nos toque el turno en una cola, en la consulta de médicos o dentistas, en el aeropuerto...), a trasladarnos de un punto a otro y cosas similares, podemos descontar otros 10 años.
Nos quedan ya sólo 7 para hacer lo que de verdad decidimos y queremos hacer para nuestra propia felicidad y satisfacción inmediatas (y no digo de descontar los tiempos en los que tenemos penas de amor, o sufrimos por asuntos familiares, o entramos en depresión o en burn-out).
Si nos quedan un total de 7 años, o incluso menos, en una vida... ¿cómo se puede hablar de “matar el tiempo” haciendo cosas estúpidas que no nos aportan nada?
En mi región es frecuente oir decir a la gente cuando hacen algún plan para el fin de semana que no les resulta particularmente atractivo: “pues vamos a comer (o al cine, o a un centro comercial o a lo que sea) y tarde pasada”. Como si lo importante fuera pasar la tarde, librarse de esas horas con las que no saben qué hacer.
A mí siempre me ha parecido incomprensible y, conforme pasan los años, no sólo me parece incomprensible sino casi ofensivo. Tenemos tan poco tiempo en esta vida para hacer todo lo que se puede hacer, todo lo que uno quiere hacer, y se pasa tan rápido y es tan valioso... y luego hay gente que te recomienda tirar a la alcantarilla dos horas de tu vida, dos horas que no volverán jamás y en las que podrías haber hecho algo que te hubiera dado placer, alegría, satisfacción..., simplemente para “matar el tiempo”.