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7 mayo 2010
Mirando al futuro

Imagen: ~FreeBirD®~ en flickr

Hoy es un día especial para mí porque es el último día de Instituto para mi hija pequeña. Es uno de esos días en los que, casi sin darte cuenta, piensas en el pasado y a la vez en el futuro.
Ahora, las próximas cuatro semanas estarán llenas de exámenes para ella –los temidos exámenes de Matura–, pero ya sin clases regulares, y después el mundo abierto, la autopista al futuro.

No sé si puedo hablar en nombre de todos los que son padres o madres y tienen más de treinta años, pero yo siento, por un lado, un poco de envidia por esa apertura hacia delante, por ese tener todas las decisiones abiertas y poder emprender camino hacia cualquier horizonte. Por otro, recuerdo con toda claridad cómo me sentía yo al acabar el Instituto y sé que uno está asustado, que no sabe bien qué hacer después del verano, que, aunque haya tomado ya una decisión sobre lo que quiere estudiar, sigue dándole vueltas en la cabeza –“¿Me estaré equivocando?” “¿Es eso de verdad lo que quiero hacer el resto de mi vida?”–. Y los que aún no se han decidido ven acercarse el mes de septiembre con algo parecido a un estrangulamiento mental: –“Todo el mundo sabe ya qué va a hacer y yo no tengo ni idea”-.
No es fácil, la verdad.

Para unos, porque no saben qué quieren hacer y, cuando les preguntas, resulta que “no les gusta nada en concreto”. Para otros, porque hay tantas cosas que les gustan y que podrían interesarles que no hay manera de eliminar y decidirse sólo por una opción.

Como soy curiosa y me gusta tratar de entender a las personas que me rodean, desde hace ya muchos años, cada vez que me encuentro con alguien nuevo y tengo ocasión de charlar un poco con él o con ella, una de mis primeras preguntas es “¿cómo decidiste ser lo que eres?” (profesionalmente, se entiende).

Es impresionante la cantidad de veces que la respuesta es: “por casualidad”. Yo diría que sólo una vez de cada veinte (o más) te encuentras con alguien que te dice: “siempre quise ser lo que soy ahora, desde pequeño”. La mayor parte de las personas acaban siendo médicos, peluqueros, marmolistas, camioneros, violinistas, profesores o cualquier otra cosa por puro azar.

Porque querían salir de casa y eligieron la única carrera que no se podía estudiar en su ciudad, porque su padre tenía un amigo que se ofreció a colocar al chico o a la chica “de momento”, hasta que decidiera, porque algún antepasado había dejado un instrumento en la casa y el niño empezó a tocarlo para no tener que comprar otro, porque en un verano de la adolescencia, para ganar algo de dinero, se puso a trabajar en algo que jamás se le había pasado por la cabeza y se dio cuenta de que era bueno en eso, porque empezó una carrera que al poco le pareció tan espantosa que salió disparado en otra dirección, porque no sabía qué carrera escoger y se matriculó en la misma que habían elegido sus dos mejores amigos, porque se enamoró de alguien que vivía en otro país y allí tuvo que cambiar de oficio para poder ganarse la vida... ¿os suenan algunas de estas cosas?

Claro que es importante pensar qué quiere hacer uno con su vida después de la enseñanza secundaria, pero no hay que agobiarse demasiado porque, antes o después, viene ese golpe de azar que te coloca en un lugar donde vas a estar mucho tiempo, sino toda la vida.

Los que ya no cumplimos dieciocho años sabemos de esos golpes. Y a veces nos gustaría dejarnos llevar por ellos, como hicimos en nuestra juventud. Lo que pasa es que, conforme avanza la vida, nos vamos haciendo más reacios a aceptarlos porque tenemos más responsabilidades, más gente que depende de nuestras decisiones, y porque nos volvemos más cobardes.

Muchas veces, hablando con amigos y conocidos, comentamos lo estupendo que sería cambiar de trabajo después de quince (o veinte) años de profesión. Entraríamos con más entusiasmo, con más ideas, aprenderíamos cosas todos los días, no nos ahogaría la rutina. Sin embargo, no nos atrevemos a dejar lo que estamos haciendo ahora y cambiar de ocupación. Siempre es mal momento: o hay crisis, o hay mucho paro, o no hay ofertas interesantes, o nuestros hijos aún dependen de nosotros. Por eso cada vez hay más gente que, en cuanto se jubila y cobra una pensión, aunque sea pequeña, se dedica en cuerpo y alma a un trabajo voluntario que le dé satisfacción y, en general, le permita ayudar a otras personas.
Y ahí se vuelven a tocar los extremos: esos jubilados fuertes y animosos se encuentran de nuevo como los chicos y chicas que están a punto de terminar el Instituto: “¿qué voy a hacer ahora?”

A mí me parece precioso que hayamos conseguido crear una sociedad donde hay futuro para todos, tanto para los adolescentes como para las personas mayores que, en otros tiempos, no tenían más perspectiva que vegetar un par de años hasta la muerte.

Los que estamos en medio –ni adolescentes, ni jubilados– también deberíamos abrir todos los ojos –los de la cara y los del corazón y los del alma, si la hay–, para mirar al futuro, sonreírle, y luego darle una oportunidad al azar.

 

Posteado por Elia Barceló

Comentarios
Elia - 2010-05-11 8:47:52
Hola, Stephanie! Entiendo que estés algo angustiada esperando ese golpe de azar del que hablaba, el que te coloque en el camino que aún no has encontrado. Pero lo importante es que estás haciendo cosas, que sigues aprendiendo, que sabes que, por ejemplo, te interesan las lenguas y culturas extranjeras... y estoy segura de que en el futuro te servirá de mucho el haber aprendido bien el espanyol. En cuanto a tu pregunta... hace unos anyos habría respondido sin ninguna duda que, de no hacer lo que hago, me dedicaría al teatro (como directora y ocasionalmente también como actriz). Ahora, aunque me sigue fascinando ese trabajo, creo que me gustaría más dedicarme a la jardinería, a cuidar y hacer crecer las plantas y las flores, trabajar con la tierra, con mis manos, y ver cómo se desarrolla un ser vivo desde la semilla hasta convertirse en un árbol. Me gusta la idea de que sea un trabajo más físico que el que tengo ahora, más aire libre, más olores y texturas... Seguiría leyendo, claro, y escribiendo, pero creo que la jardinería sería un complemento ideal. Ánimo! Pronto encontrarás tu camino, estoy segura.
stephanie - 2010-05-10 15:23:55
¡Hola Elia! Me parece genial todo lo que dices, y entiendo perfectamente que te gusta el tiempo justo después de la matura, por tener toda la libertad de decidir lo que uno quiere hacer... El único "problema? que veo yo es la elección. Hice la matura en 2006 y ahora estoy estudiando sin saber realmente porque, solamente con el deseo de acabar pronto, ni siquiera hablar de lo que quiero hacer en mi vida. Tú eres una de la gente bendita y feliz. A ti por ejemplo, libros y escribir te han gustado siempre, desde pequeña como dijiste una vez, y además no solamente te gusta sino que sabes hacer tu profesión muuuy bien y entiendes tu trabajo. No quiero rendir homenaje a ti, pero tengo envidia por ti y por toda la gente que sabe a que se quiere dedicar y que se atreve decidir por algo. Una pregunta, ¿si te atrevieras cambiar ahora tu profesión a que te dedicarías? Te deseo un buen día :-) , beso










ELIA BARCELÓ

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